Una vocación de editor (Ignacio Echevarría)

No creo que sea fácil conocer todo el trabajo literario que Ignacio Echevarría ha realizado a lo largo de cuatro décadas de edición de textos. Probablemente he leído y estudiado los más representativos: las ediciones de las obras completas de Kafka y Canetti para Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, algunas publicaciones de Bolaño para Anagrama, El demonio de lo absoluto de Malraux, el Napoléon de Stendhal para los clásicos de Penguin que, al menos, prologó; está su antología de los cuentos de Marsé, la selección de poemas de Zurita, su trabajo con la obra de Benet. Además de editor, en el sentido inglés de la palabra, se trata de un ensayista y crítico más que notable, y he seguido siempre que he podido sus colaboraciones en prensa, especialmente aquellas de Babelia en El País; el modo en el que fue defenestrado, osando remover las aguas de la contemplación idiota con el nacionalismo, aunque fuese desde el indirecto cauce de la literatura, me lo hizo más cercano. Hace un lustro devoré siete páginas admirables del autor sobre Musil. Y antes había leído con interés su cara a cara con Reich-Ranicki en Sobre la crítica literaria.

Anoche, de una tumbada, terminé Una vocación de escritor. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Respecto de los trabajos que yo conocía, observé enseguida el mismo rigor, la claridad de ideas, la capacidad de expresión de nociones teóricas nada fáciles, el ritmo levemente pausado con el que el escrito va desenvolviéndose a lo largo de cien páginas. No me sorprendió por tanto, la factura formal, ni siquiera el hecho de que en el libro no hablase de él –como lo compré en un gesto automático, no había reparado en que el subtítulo no engaña– sino de su amigo Claudio López Lamadrid.

Peu importe! Me interesó mucho todo lo que dice ahí acerca de la singularidad del editor recientemente fallecido. Explica de un modo magistral el equilibrio del que estaba hecho su desempeño y la parte no desdeñable que en su éxito profesional jugaron factores como la cuna y el azar, lo que no resta un ápice de mérito a una persona tan excepcional como debió de serlo el homenajeado.

Pero lo que más me interesó fue otra cosa. Se trata de un relato en espejo. Una lección de cómo hablar de uno, y de lo más determinante del propio quehacer, sin apenas referirse a si mismo. Esa sabiduría, esa madurez, ese ejercicio de adelgazarse, como un paseante de Giacometti, solo está al alcance de quien lleva décadas asomado no a su propia imagen sino a todas aquellas que se proyectan desde los mejores textos. No hay mejor formación, la formatio de la que habla Gadamer al inicio de Verdad y método: la imagen de uno se va plasmando con una precisión de otro modo inalcanzable (¡Qué equívoca resulta, por eso mismo, en el título de un texto de este calado, la palabra «vocación»!)

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