Fernando Escardó

Ha muerto Fernando. Me lo confirmó su hija C. en la noche del lunes al martes. No puedo ni soñar con decir algo elocuente, que refleje la verdad de una persona como él. Es una de las que más he querido y que más ha influido en mi vida. Dos de los libros que he escrito llevan en cada página su marca de agua. Nos conocimos a través de mi madre y durante un tiempo fuimos inseparables. Me descubrió no un mundo sino varios, a cuál más amplio, más sugerente, más bello: ámbitos y dimensiones de mi propio mundo que hasta que le conocí había sido incapaz de ver. Fernando era un liberal, de pensamiento y de talante, lo que implica que se sabía imperfecto; tenía un concepto muy radical de la vulnerabilidad de todas las personas y eso determinaba su actitud a un tiempo tolerante (para tratar de comprender) y rigurosa (para defender y proteger). Pensaba que hay cosas con las que es mejor no jugar –sentimientos, emociones–, convencido de que nos pasamos la vida trasteando con ellas y de que eso supone no obstante la imperfección bendita que nos hace humanos y dependientes unos de otros. Fernando generaba confianza. Era una roca, o, por decirlo con la expresión bíblica, una «piedra viva», que sentía y se entregaba con una capacidad de querer y de sufrir inmensa. Hemos hablado horas, nos hemos reído a carcajadas juntos y hemos recorrido media España y media Francia disfrutando con todo, con la literatura y la historia, con el vino, con los jardines, palacios, ríos, mil rincones que él descubría y que te brindaba con una delicadeza y una sabiduría fuera de lo corriente. Eso era Fernando. Alguien completamente fuera de lo corriente. Nos conocíamos a fondo, tal vez incluso demasiado a fondo. Amaba a España y en más de una ocasión se jugó el tipo por defenderla, libre, civil, con todo su pasado que conocía como pocos. Fernando me acogió como un verdadero padre. Y entre nosotros aún está pendiente el reencuentro.

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