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1. Mientras van pasando los días de enero, llenos de trabajo, quiero anotar aquí algunas lecturas últimas, que suponen otras tantas variaciones sobre cosas de las que ya hemos hablado, obsesiones mías, de las que nunca acabo de apartarme. En primer lugar, me alegra reseñar la reedición de los Cantos de Leopardi, en la versión de Nieves Muñiz (Cátedra Letras Universales, nº 418, 2ª ed. 2009). Merece la pena tenerla. Además de ser bilingüe, contiene un gran aparato crítico (500 páginas de notas, en letra pequeña). Por unos pocos euros. He revisado algunos de los cantos, que se encuentran entre los poemas mayores de todos los tiempos (El primer amor, El pájaro solitario, La noche del día de fiesta. El sueño, La vida solitaria) y he encontrado interpretaciones muy esclarecedoras de los versos más oscuros. Al detenerme en mi favorito, El infinito, descubro con asombro (¡cuántas veces lo habré leído sin caer en la cuenta!) que Leopardi también compara, en su poema, el yermo cerro del primer verso, o al menos la vista que se le abre desde esa altura, con un mar inmenso. De nuevo la aproximación semántica entre mar y montaña (como en Tsvietáieva). Y, para alegría de mi amiga M.G., tengo que reflejar también un pasaje recién encontrado del Hamlet (I,X), en el que aparece la misma asociación. Un fragmento bellísimo en el que el soldado Horacio intenta persuadir a Hamlet de que no persiga el espectro de su padre: «Pero Señor, si el os arrastra al mar o a la espantosa cima de ese monte, levantado sobre los peñascos que baten las olas y allí tomase alguna forma horrible, capaz de impediros el uso de la razón…» Mar, montaña, metamorfosis, paternidad, locura, infinito. A Shakespeare y a Leopardi les hermana el sentido de la grandeza que ambos poseían.
2. Han salido, por fin, en un volúmen (Pararnos y mirar, Centro Cultural Generación del 27, Málaga, 2009), las traducciones inglesas de José Antonio Muñoz Rojas. Nada más tenerlo entre mis manos, me avalancé sobre la traducción, que nunca hasta ahora había leído completa, del East Cocker de Eliot. Os pongo una muestra de su belleza: «En ese campo abierto/si no nos acercamos demasiado, si no nos acercamos demasiado/en una medianoche estival, podemos oír la música/del caramillo y el tamboril/y verlos danzar alrededor de la fogata/la asociación de hombre y mujer,/danzando, significando matrimonio/un sacramento digno y conveniente». También contiene el libro cuatro poemas de Gerald Manley Hopkins (entre los que figura Carrion Comfort, Consuelo de la carroña, una cumbre de la poesía universal). He pensado en Hopkins estos días a propósito de lo que hemos hablado sobre el silencio de Dios. Nadie quizás, como este proscrito, ha compuesto palabras más luminosas sobre ese silencio, por ejemplo en el poema Nondum (Todavía no; por cierto, criatura de luz, que sepas que es un viático para impacientes, como tú o como yo): «Dios/ aunque a Ti elevamos nuestro salmo/no llega la voz del cielo que responda/A ti reza el pecador tembloroso/más ninguna voz de perdón replica/En caminos desiertos parece nuestra oración perdida/muere nuestro himno en un vasto silencio» (Esta traducción es de Susana Pottecher, y aparece en el excelente Imagen y palabra de un silencio, de Julio Trebolle).
3. Os acordáis que hablamos de una exposición Rothko/Giotto, que tuvo lugar en Berlín. Me acaba de llegar el catálogo. Magnífico. Hay varios textos impresionantes, especialmente el que Manuela De Giorgi dedica a los colores de la muerte en el Giotto. Ya hablaré de esto otro día. En otro de los textos (hay lectura para rato: son once en total), Regina Deckers («The Aesthetical and Spiritual Experience of Mark Rothko´s Work»), recuerda, a propósito de esos cuadros, la inscripción del templo de Isis en Sais: «Yo soy todo esto, lo que fue y lo que será, y mi velo ningún mortal lo podrá apartar». Cuando Rothko afirmó que, sin saberlo, se había pasado la vida pintando templos griegos, conocía muy bien, en cambio, que en un templo nunca se remueve el velo. Que siempre hay un más allá, y que sus telas eran, más bien, las puertas y las ventanas de los templos. Buscaba la frontal, la superficie, el velo mismo. Decía que, en ese sentido, sus cuadros contenían espacio. La Capilla de Houston es la expresión máxima de ese afán. Pero más que un templo, Houston es la preparación para el templo. El templo del espíritu que somos cada uno de nosotros. Rothko también dijo que «cuando alguien lloraba delante de sus cuadros, es que estaba teniendo la misma experiencia espiritual que a él le había llevado a pintarlo». Seguramente.
4. A vueltas con la emigración. Me agota la xenofobia. He aprendido la hospitalidad, y la superioridad moral de quien vive sin miedo, en la Historia de la Guerra del Peloponeso. En España, en Francia, en Italia, en tantos lugares, algunos están histéricos y otros aprovechan para sacar lo peor de sí mismos. Los políticos no sabe ni lo que dicen. Pienso en una cosa que leí no hace mucho. Alguien se preguntaba de qué sirven los mapas, de qué sirve que en los sucesivos mapas de Europa se siga nombrando a los puntos que representan las ciudades, o los barrios de éstas con los mismos nombres de siempre. ¿Debería decir Belleville o ponerse al lado Arabia, figurar Lavapiés o sustituirse por Chinatown? En los EEUU esto lo vieron esto desde el principio, y nadie se rasga las vestiduras. Si la pregunta es si París (Madrid, Londres, Barcelona) sigue siendo lo que era, la respuesta es no, a Dios gracias. Nunca nada es lo que era.
5. En un acto en el Prado se recuerda a los que contribuyeron a salvar los cuadros del museo de los bombardeos de la aviación de Franco. Me alegro. ¿Qué valor tienen las obras de arte en tiempos de conflicto? En algún lugar de su Diario, Julien Green cuenta que, en plena ocupación alemana de París, un jerifalte nazi fue abatido por la Resistencia. Además de otras represalias contra personas (no recuerdo ahora las siniestras proporciones que establecían), los alemanes planearon destruir diez monumentos de la ciudad de la luz. Uno por uno. Sabían bien lo que les dolía a los franceses. Al final, la intervención del Embajador americano lo impidió. Entonces redoblaron las represalias personales.

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  1. Belnu 26/01/2010 at 23:03

    El punto número cinco me hace pensar en la destrucción de la biblioteca de Bagdad (y de la de sarajevo). Y en que la contemplación del arte y los libros son las pocas luces que nos quedan en medio de la oscuridad del mundo en los peores momentos, y en la guerra. Como ese joven poeta albanés al que yo entrevisté, que en la guerra descubrió el sufismo y leyó a todos los antiguos y eso le consoló de todas las pérdidas (incluso la pérdida parcial de esa biblioteca familiar maravillosa). También envidio tus lecturas y me avergüenzo de haber tenido la desfachatez de leer oscuramente a Leopardi sólo en italiano, sabiendo que me pierdo tantas cosas, aunque con esa emoción de lo que sólo puedes intuir, sospechar, vislumbrar, sobre todo gracias a los tonos luminosos que arrastran esos momentos suyos de melancolía y soledad reflexivas.
    Envidio también tu trabajo, ahora que yo paso los días buscándolo sin encontrarlo, o buscando una vía que me permita resistir, intentando no perder la fe y estrujando la imaginación… sin poder escribir.

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  2. delarica@unav.es 27/01/2010 at 18:48

    gracias Bel por tu precioso comentario

    tu libro sobre la guerra está también lleno de pequeñas luces, en medio del horror

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1. Ayer por la noche pude ver por fin My Blueberry Nights de Won Kar Wai. Lo que me faltaba para el duro. Si ya antes estaba enamorado de Norah Jones, de su forma de cantarte al oído con una dulzura celestial, qué voy a hacer ahora. ¡Qué horror! Y eso que aquí no abre la boca ni para besar ni para cantar en toda la cinta (directamente, me refiero). De vez en cuando, en la escena pública, aparece un ser así: angelical, ¿no? A mí me lo parece, para que luego digan algunos listos que los personajes buenos en el arte no son atractivos. Pues yo debo de ser un bicho rarísimo porque como os digo me quedé enamorado de su bondad, de su pureza, de su luminosidad. Tiene el don ese que yo he buscado siempre para mí, hasta ahora sin la menor fortuna, el don de la separación: el personaje es alguien que se aparta siempre, pero que apartándose se aproxima, por otra vía, aún más tierna e incisiva. La historia de amor del policía borracho (en el que en secreto os confieso que me reconocí hasta un punto en extremo doloroso), me parece bellísima: el amor y la muerte aparecen, como no puede ser de otra manera, íntimamente maridados. La incomprensión, el dolor, la imposibilidad de expresar el amor por ningún cauce acaban matando a los vivos y resucitando a los muertos. Por un momento, mi escepticismo cinematográfico parecía casi vencido. Eso sí, después me quedé sentado, solo, a oscuras (Paula se había acostado) y reconozco que me fumé un puro y me pimplé, contemplando en un libro los encuadres y los colores familiares de Hopper, media botella de whisky. Creo que era del bueno, porque esta mañana apenas tenía resaca. Me dieron las tres de la mañana pero lo necesitaba, como el respirar (mal síntoma). Como los astronautas que, al bajar del cielo, necesitan unas horas (o días, no tengo ni idea) de descompresión.
2. Otro tema. De nuevo sobre el amor a Dios (tranquila, si quieres te puedes saltar esta parte, no vaya a ser que tú también acabes por ignorarme y por retirarme, si no el saludo, sí la palabra). Estos días he releído con calma el discurso de la última cena. No quería que me cogiese el jueves, asistir a la misa de oficios y no poder asimilar lo que allí se dice. Además, si Dios no lo remedia, entonces no estaré en mi casa, de manera que andaré de aquí para allá, como un pelele, en casa de quien sea, sin posibilidad alguna de recogerme (Paula, que sí vive recogida y que, sin duda, es la que mejor me conoce, se ríe de mí y me dice que eso no es recogerse: que es ensimismarse y reconcentrarse, o sea exactamente su opuesto). Bueno, pues sea como sea, yo vivo la semana santa preventiva, o por adelantado. El otro día, leyendo ese discurso que el jueves, rodeado de sobrinos, suegros, etc, etc, no podré leer, comienza hacia la mitad del capítulo 13 de San Juan, una vez que Judas sale del cenáculo, cuando el Señor exhorta a sus amigos (Judas no quiso serlo) justamente a amarse «unos a otros, y que del modo que yo os he amado a vosotros, así os améis recíprocamente» (13,34). Luego lo repite incansablemente a lo largo de la sobremesa: 15, 12 y 17 por ejemplo. El problema yo lo veo ahí: ¿cómo se puede exigir el amor, sea a los demás o al Cristo (a los que veían los discípulos) o a Dios Padre (al que nadie ve)?. Muchos me habéis ilustrado con ideas muy valiosas: por ejemplo, la que dice que se trata de una forma de hablar, que en realidad lo que dice es «os doy mi amor, no lo malgastéis, y que corra entre vosotros y por el mundo entero». Así se entendería mejor aquel impresionante «permaneced en mí, que yo permaneceré en vosotros» (15,4). A mí eso no me convence del todo porque, aunque el amor sea algo recibido, debería contar con muestra libre adhesión, y exigir a alguien que participe de ese movimiento amoroso siempre me parecerá mucho exigir. El discurso continúa, sin desperdicio alguno. Imposible entenderlo, tal es su intensidad, densidad, intimidad. Pero, cuando menos se lo espera uno, se produce un prodigioso giro: el Cristo deja de dirigirse a sus amigos y se pone a hablar directamente con el Padre. Asistimos, como en figura, al núcleo de la fe: la vida trinitaria, las relaciones entre las personas divinas expuestas con toda sencillez ante las miradas de los hombres, que nos negamos a mirar. «Oh Padre, santo! Guarda en tu nombre a éstos amigos, a fin de que sean una misma cosa por la caridad, así como nosotros lo somos por la naturaleza» (17,11). Casi nada: el amor no es sólo la señal por la que los cristianos serán reconocidas; es eso, y mucho más: es la esencia misma de la vida del cristiano, su auténtica participación en el ser; la única posibilidad que tenemos de ser realmente. Lo repite poco después: «Ruego que estos amigos, y los que me vayan a conocer en adelante por su predicación, sean uno, como Tú Padre estás en mí, y yo en ti por identidad de naturaleza, así sean ellos una misma cosa en nosotros por unión de amor» (17,21). Queda más que claro que a Dios sólo se llega amando al prójimo. Una puerta muy estrecha. No sé si es correcto decir que el amor al prójimo es Dios mismo. Pero, yo sigo con mi perra: ¿se puede eso exigir? El pequeño paso que he dado estos días, me vino no obstante, en este contexto, por una frase, la última que pronuncia el Cristo en la llamada oración sacerdotal, o sea en ese diálogo de mediación con su Padre. Dice así: Yo les he dado a mis amigos tu nombre para que el amor con el que me amaste, en ellos esté, y yo mismo esté en ellos.
Intuyo que en estas últimas palabras se encierra un secreto muy profundo, y creo que tiene que ver con la idea de que el amor que se nos exige no es tanto el nuestro propio como el que, a través nuestro, puede entregar a otros el mismo Dios. Al fin y al cabo, ¿no somos un pueblo de sacerdotes o mediadores, lo que queda de la estirpe judaica?
3. Esa necesaria elevación a un orden (el de la Gracia) es lo que convierte a la persona de Simone Weil, que tan lúcida y reiteradamente habló del amor de Dios , a pesar de su declarado cristianismo, en irreconciliable con la verdad cristiana más radical. Simone Weil rechazó el punto de partida esencial: la incorporación al orden sobrenatural por medio del bautismo. No voy a entrar más en esto, por ahora. Lo traigo a colación, en estas miradas en arrière, por la sencilla razón de que en su momento lamenté que su centenario hubiera pasado sin pena ni gloria. Era un olvido tremendo. Me alegré, por tanto, al leer una pequeña pero sustanciosa necrológica de Carlos Ortega en El País. Creí ver en el artículo de Carlos la presencia subterránea o no de dos pares de la Weil: María Zambrano y Cristina Campo. Por aquello de la noción de atención. La Campo estaba bautizada, eso seguro. La Zambrano, no lo sé (a sus biógrafos les parece éste un dato banal: acabo de repasar exhaustivamente dos cronologías muy elaboradas y nada, total, que más da, a quién le importa ese detalle sin importancia), pero lo que sí sé es que al hablar de estas cosas, a ambas amigas les gustaba recordar que no somos nadie para juzgar, y ni siquiera para hablar de cosas cuyas consecuencias en el fondo desconocemos. Comparto esa prudencia, así que me callo y no sigo por aquí.
4. Mis reflexiones de días pasados, sobre la literatura y la vida, han quedado abruptamente interrumpidas. Peu importe! Ya hablaré de Michelstaedter, con oportunidad o sin ella. Hablo de él en el libro de Kafka, de modo que si alguien quiere recuperar ese hilo le recomiendo que vea lo que pongo allí. En cambio, no quiero dejar de señalar la afortunada coincidencia de que Siruela haya publicado una monografía de Pilar Parcerisas acerca de la peripecia de Marcel Duchamp (en la foto) en tierras españolas, y más concretamente, catalaunicas. Duchamp en España. Se trata de un libro breve, bien informado, y que parte de un conocimiento preciso de la obra y las ideas duchampianas, hasta el punto que puede ser leído como una buena introducción a las mismas. Muestra con claridad la importancia que tuvieron en la vida de Duchamp sus estancias en España, su relación con Dalí especialmente, su fascinación con la cascada de La Caula, y su influencia en la culminación de Étant données, la obra final a la que dedicó más de veinte años de trabajo, los diez últimos veranos de su vida pasados en Cadaqués: Duchamp se limitaba a ser una sombra de artista, l´artiste respiratuer, y a perder el tiempo jugando al ajedrez. La pregunta es: ¿fue Duchamp el primero que se dio cuenta de que el tablero podía ser considerado una maquina soltera, la machine célibataire por excelencia? Pero, ¿qué es eso? Pues si lo queréis saber, os aconsejo que no leáis la Historia abreviada de la literatura portátil de Vila-Matas. Por mi parte, ya lo contaré otro día, que este post se ha convertido en algo que no tiene pies ni cabeza. Mira por donde, sin haberlo deseado, he llevado a cabo el ideal de los teóricos del poème en prose.
5. Quiero, por último, recordar que se ha abierto la exposición de Agorreta en Barcelona: en la Galería Carme Espinet, desde hoy y hasta el 9 de mayo (un día después de mi cumpleaños). Personalmente no pienso perdérmela; puedes estar tranquila: no pienso pedirte que me acompañes.

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  1. Delphine 01/04/2009 at 19:07

    demasiadas cosas, Alvaro! Laisse-nous respirer et assimiler, please! Mais merci pour toutes ces pistes de réflexion.
    Un abrazo fuerte para ti y todos los tuyos,

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  2. Alvaro de la Rica 02/04/2009 at 07:26

    Et pour les tiens, aussi. Quelle patience as tu avec moi! Merci, de tout coeur, Al

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  3. María 02/04/2009 at 07:27

    A mí también me gusta Norah Jones, pero Jude Law,ah!Jude Law…
    Me encantó MY BLUEBERRY NIGHTS. Te recomiendo «THE VISITOR»;la han estrenado hace poco y estoy casi convencida de que te va a encantar.

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  4. paisajescritos 02/04/2009 at 11:21

    No entiendo qué quieres decir con no leer la «Literatura portátil». La verdad es que ya lo leí hace unos dos o tres años… y no recuerdo nada sobre Duchamp (lo hojearé de nuevo). Me dejó además el libro la sensación de no saber si me gustaba (por el tema)o me parecía un refrito… A Vila-Matas la verdad no sé cómo cogerlo. De entrada sugerente por el hecho de que sea un gran ignorado (ahora menos), luego cuando lo lees, pues no es para tanto… y a lo mejor de nuevo entiendes por qué no se le atiende más. Así que aprovecho esta crística, tal vez injusta, para que me orientes.

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  5. delarica@unav.es 02/04/2009 at 11:46

    Era irónico: a veces la mejor forma de convencer a alguien de que haga una cosa pasa por decirle que no lo haga. No, yo admiro mucho a E.V-M. Creo que está a años luz de la mayoría de lo que se escribe hoy en España, creo que cada libro es mejor que el anterior (Dietario voluble es magistral) y, sobre todo, pienso que es él que más se ha acercado a lo que de verdad importa, en la literatura y también en la vida: un lector prodigioso, un hombre divertido, además de honesto.

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  6. delarica@unav.es 02/04/2009 at 11:48

    A mí m fascina Jude Law: en esta película es sencillamente demasiado. Coincido plenamente contigo, Mary.

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  7. Lauren Mendinueta 02/04/2009 at 12:05

    A mí también me encantó My Blueberry Nights, pero es otra película del mismp director la que me cambió la vida: In the mood for love.
    A Norah Jones la vi cantar hace menos de dos años aquí en Estoril y fue una expericia celestial, a mí, como a ti, también me atraen los personajes buenos (lo que al final también es un peligro).
    La parte espiritual de tu entrada me dejó más de un tema para reflexionar. Gracias. Un abrazo

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  8. Eterna 02/04/2009 at 13:43

    Puf, comentaría todo, pero me voy a quedar yo también con la «celestial» Norah. Es una mujer tan elegante…
    su voz, su mirada, su manera de moverse.
    Mi padre la adora, mi madre dice que su sueño sería cantar como ella. Y yo me dedico a destrozar sus canciones cuando estoy sola en casa.

    Todos queremos a Norah.

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  9. Dani 02/04/2009 at 15:20

    El amor no puede exigirse, por supuesto y, es más, aunque se exija, poco aprovecha si no es real, interior, propio. Qué horror tantas cosas hechas desde la obligación, incluso religiosa, pero sin el oxígeno de la entrega sincera! Ahora bien, si el amor del otro te ha tocado, si el amor de Dios te ha tocado, regalo que no depende de uno, sino del puro don, entonces, re-amar, contestar en la misma forma comienza a ser la única de las exigencias. Y al final se vuelve dulcemente imperativo. La reciprocidad pertenece por eso, me parece, a la pura esencia de la dinámica interna del amor: no se pide, aunque se desea, y si acaba sin cumplirse, el amor tuyo que habías dado queda como impotente, y no realiza la transformación total que el amor logra en las personas. Me encantan sus digresiones teológicas. Saludos.

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  10. Alvaro de la Rica 02/04/2009 at 15:42

    Lauren: cuando fui a ver In the mood for love, y tras unos veinte minutos, me levanté de la butaca y me fui del cine. No pude soportar tanta belleza. Hace poco compré la peli en DVD y la tengo ahí, esperando el momento de verla, que desde luego no ha llegado aún. Gracias por tu comentario!!!

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  11. Alvaro de la Rica 02/04/2009 at 15:50

    ¿Eterna? Me da como cosa comentar nada, con esa perspectiva por delante, jajaja.
    Gracias también por el comentario.
    Estoy bastante de acuerdo contigo, Dani. Gracias por expresarlo tan bien esta vez, como la anterior.

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  12. Lauren Mendinueta 02/04/2009 at 15:54

    Yo también la compré y tengo mi ritual de verla cada año. Adoro su estética y esa forma tan particular que tiene de ver., y mostrar, el amor. Además la música… es mi película. No dejes de contarme tus impresiones cuando la veas. Abrazos

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1. Como hay que empezar por algo, querría dejar constancia de la aparición en castellano de un libro extraordinario, Nuestro lado oscuro. Un historia de los perversos, de Elisabeth Roudinesco (Anagrama, 2009). En el capítulo 4, y fundamentalmente a través de los textos autobiográficos y las declaraciones de los directores de los campos de exterminio, hace un análisis muy lúcido de la psicología (no siempre estrictamente patológica) de los que idearon y llevaron a cabo el asesinato masivo y sistemático de seis millones de judíos europeos. Lo más interesante, desde mi punto de vista, son las conclusiones que, a partir del análisis de la psicología, saca en relación a la especificidad de la Shoah. Su unicidad se la da el estricto carácter genocida, palabra que contiene las raíces latinas genos (nacimiento, género, especie) y caedere (matar): o sea, el genocida mata a uno o a muchos por pertenecer a una determinada gente o pueblo, o, más propiamente aún, asesina a alguien, con independencia de quien sea individualmente, de lo que haga o de lo que piense, por el mero hecho de que ha nacido. Algo en lo que, como dije en un comentario a la extraordinaria canción Strange Fruit de Billie Holiday, tiene un precedente en el esclavismo norteamericano, aunque el nazismo fue más lejos en el grado de perversión humana. Por cierto, el libro será presentado en Barcelona el próximo jueves, en el Instituto francés, y con presencia de la autora.
2. He leído y pensado mucho en Rilke, estos días. No sólo porque, cuando escribí la entrada de Una pareja perfecta, lo que tenía presente era su frase en la que dice que «la verdadera función de la persona que nos ama no es otra que la de convertirse en el guardián (custodio) de nuestra soledad». Cuando la leí por primera vez, hace veinte años, recién casado, me pareció un programa de mínimos. Ahora lo veo de otra manera. Pero he pensado en el gran poeta de Praga porque fue, quizás, el que mejor comprendió la cuestión de El mandamiento del amor, tal y como se ha planteado aquí. Me refiero a su relectura, al final de Los cuadernos de Malte Lauris Brigge, de la parábola evangélica del Hijo Pródigo. Cuándo pone en boca del hijo que vuelva a casa estas ideas: Padre, vuelvo a tu casa porque no he encontrado nada mejor, pero, por favor, ni me ames ni me obligues a amarte. Tremendo, ¿no?
3. A este respecto, me veo obligado a recordar que el pasado 3 de febrero se celebró el aniversario de los cien años del nacimiento de la filósofa franco-judía Simone Weil (en la foto, nada menos que junto a Jacqueline du Pré). El modo en el que ha pasado desapercibido representa un escándalo y una vergüenza para la opinión pública española (y seguramente mundial). No obstante, a la Simone, que era muy fideísta y muy pasiva, como yo, no creo que le haya molestado en absoluto el descuido. Tenía la idea de que la única manera de estar presente es desapareciendo. Escribió algunos de los escritos espirituales más importantes del siglo pasado. Yo he releído estos días, como no, sus Pensamientos y reflexiones desordenadas acerca del amor de Dios. Una autentica joya.
4. Para terminar, tres flashes más. Anna Malagrida estrena exposición en la Galería Senda de Barcelona. Hasta el 14 de marzo. Adam Zagajewski da una conferencia en el Caixa Forum de Barcelona el próximo martes. Y, dejo para el final que Henryk Gorécki presentará en Londres, el próximo mes de abril, el estreno mundial de su Cuarta Sinfonía. No sé si conocéis la Tercera Sinfonía de este genio universal. Se llama la Symphony of Sorrowful Songs (Sorrow significa pena). Intentaré poner un fragmento uno de estos días. 

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