Notas para un diario 51

Un día como hoy, en la antevíspera de Fiesta de la Virgen de la Asunción (o Dormición de la Vírgen, ¿quién sabe?), hace diez años, murió Julien/Julian Green (¿quién sabe?).
Lo primero que quiero decir, aunque debiera quizás ser lo último, es que fue una de las personas en el mundo a las que más he querido. Cuando murió sentí algo muy profundo que renuncio a describir aquí pero que tal vez se deduzca de alguna de las cosas que diga en esta entrada de homenaje.
Para entonces yo llevaba otra década trabajando sobre su obra. Me lo recomendó un gran amigo con el que estoy en deuda, y no sólo por eso. Lo leí por primera vez (quién pudiera recuperar ese placer de la vez primera) entre imaginaria e imaginaria en el comienzo del dulce otoño extremeño. Por una de esas coincidencias nada casuales, leí primero el segundo libro de su autobiografía, Mil caminos abiertos, el relato de su intervención en la Primera Guerra Mundial, en el frente de Italia, cerca de Venecia. La identificación fue total. Su visión del mundo, de la belleza del mundo, de la importancia del amor en todas sus formas y de la necesidad de redención espiritual se me clavaron en el corazón y jamás han salido de ahí. Se me ocurrió hacer lo que nunca debe de hacerse en estos casos: hacer una tesis sobre un asunto que me apasionaba, me explicaba a mí mismo y por supuesto me superaba. La tesis como tal no valía gran cosa. Entre tanto me casé y nacieron mis tres primeros hijos (lo único verdaderamente importante, me decía Green cogiéndome de la mano y mirándome a los ojos con una ternura que no venía de él). Cuando conoció a Paula añadió algo que no olvidaré: “Álvaro, eres millonario”. Le entendí muy bien. ¡Qué almuerzos en la rue Vaneau, sobre el jardín de Matignon, que sabiduría, qué elegancia!
Cuando acabé ese trabajo académico, tuve claro que le debía de verdad un libro. Lo escribí y quedé relativamente satisfecho. Lo esencial de lo que pienso está ahí. Quizás vuelva algún día a escribir sobre Green. Tengo un centenar de páginas de notas de nuestras conversaciones. No lo sé. En realidad él me llevó directamente a Kafka y me sugirió, en el horizonte, la mística europea (incluidos los poetas, de Apollinaire a Rimabud y a Dante) y, sobre todo lo demás, la Biblia, vox Dei. Y la música y la pintura. Me he mantenido y me mantendré fielmente en ese territorio.
Releo su Diario, su Autobiografía (un libro a la altura de lo mejor de este siglo), su teatro y sus novelas (Moira, Cada hombre en su noche, Épaves, …). Todo, todo Green es bueno, muy bueno, me atrevería a decir.
Ahora está pasando por lo que se llama en el argot literario el purgatorio de los escritores. El olvido que sigue a la muerte (el autor ya no está vivo para sostener y promocionar su obra). Tant pis! Si me oyera pronunciar esa palabra que veneraba me sonreiría amonestándome. ¡No hablemos de tonterías y que la gente lea lo que quiera! No se ha prendido el candil para luego esconderlo bajo la mesacamilla. Uno de los escritores más afamados del momento me comentó hace unos meses que se había leído los treinta tomos del Diario de corrido el año pasado. Me confesó que se avergonzaba de no haberlo hecho antes. Nunca es tarde: Green es un escritor para todas las estaciones y su tiempo está siempre presente.
Por mi parte he procurado entenderle, lo más a fondo posible. Su sentido de la lengua. Ahí está casi todo. Su sentido de la libertad. Libertad absoluta. La única que le interesó. La filiación. El Amor. El perdón. El abrazo. No dejéis de leer el discurso que escribió para la concesión del premio de los libreros austríacos. Se titula Liberté chérie! Un testamento inolvidable.

1 Comment Notas para un diario 51

  1. Delphine 14/08/2008 at 18:55

    Tu connais mon sentiment par rapport à Green et son oeuvre; il n’a pas changé. Mais quel bel hommage! Et quels souvenirs…
    Toi seul pouvait en parler ainsi. Bravo et merci.
    Je t’embrasse. D-

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