BREVE DIARIO DE UN CONFINAMIENTO POR CORONAVIRUS (7)

Por fin llegamos a Bayona. Estaba lloviendo por lo que nada más aparcar –nos costó bastante– nos metimos en la famosa chocolatería Cazenave a desayunar. Dicen que sirven el mejor chocolate de Francia. No lo sé: está muy bueno pero lo que seguro es que tiene las camareras menos serviciales del hemisferio norte, o al menos eso pensaba yo tras intentar sin éxito que nos sirvieran el dichoso chocolate rápidamente.

La lluvia golpeaba los cristales y dentro se mascaba la tensión.

Y todo porque aún no sabía qué iba a hacer con mi Virgen

¿Para qué la habría metido en la mochila, si había decidido quedármela?

No lo entendía; ni siquiera yo me entendía.

Seguí refunfuñando y amargándoles a las chicas el chocolate que llevaba vendiéndoles una semana (es el mejor de Francia, etcétera).

Salimos de aquel salón ajado y al menos a mí el beberage me sentó como un tiro.

Todavía tenía un margen porque parte del plan era ir a una tienda, que a ellas les encanta, en la que venden ropa americana de segunda mano. Ropa vaquera de las mejores marcas en muy buen estado, limpia y sobre todo a (relativamente) buen precio. Se llama 2 nd Life y (para que veáis que no miento) está a la altura del número 58 de la rue d´Espagne. Yo mismo he encontrado ahí verdaderas gangas, como un tres cuartos de los bomberos de Nueva York color mostaza y ganchos de latón color plata que es la envidia de todos.

–¿Sabéis lo que os digo? – pregunté nada más salir a la calle.

–Nooooo, papá… dijo Inés, que me conoce como si fuera ella la madre y yo el hijo. «Tú vienes con nosotras a la tienda.»

–No voy. Así estaréis más tranquilas, y el tiempo que os haga falta. Me voy a ver libros.

No les di opción y, de paso hacia la tienda de ropa, me quedé en una librería muy bonita que se llama La Librarie de la rue en pente porque está a mitad de una cuesta. Además de ver libros, lo que quería era quedarme solo. Necesitaba pensar y necesitaba poner distancia y dejar de molestarles ya con mis neuras.

Había parado de llover.

Nada más llegar a la librería vi un volumen en el escaparate que me interesó. El título era Écrits spirituels du Moyen Áge. Era de la colección La Pléiade, algo así como la Fórmula 1 de los libros. Entré, lo compré y me senté en el escalón que hay cerca de la puerta con la intención de abrirlo y consultar el índice.

Estos libros están encuadernados en cuero y tienen unas cintas de lectura, dos en concreto, y en este caso eran de color rojo cardenal, rojo púrpura, juntas marcando una misma página. Sin quererlo, el libro se abrió por ahí.

Los ojos se fueron a posar en esta frase que traduzco lo más literalmente que puedo:

«Por eso se dice en el Cántico (se refiere al Cantar de los Cantares del Rey Salomón): él recubrió su silla de púrpura y de amor, porque no es posible obtener la paz si no es por medio de la caridad. Una vez adquirida ésta, le es fácil al hombre hacer todo lo que conduce a la perfección, sea actuar, sea sufrir, sea vivir, sea morir.»

A mí, lo que me maravilló fue el hecho de que las cintas fueran del mismo color que el mencionado en el texto (Ya explicaré porqué) Cerré el libro y, poseído por una fuerza repentina, me acerqué a la tienda donde estaban las chicas, les sonreí, pagué dos sudaderas que habían elegido las niñas, sin protestar siquiera a pesar de me pareció que les sobraban tres tallas a cada una, y les pedí que me acompañaran a la joyería.

Llegamos enseguida (todo, la librería, la tienda de ropa usada, la Catedral y la tienda de perlas están en el mismo rincón del centro histórico de la ciudad del Adour) y qué alegría me dio ver allí a mi dama, sentada en su escritorio, al lado de una espléndida orquídea, ¿no? … Sí, de color púrpura, concentrada en hilar un collar con las manos, o sea, con todo el alma.

Dejé pasar a las chicas delante de mí.

Mi amiga nos sonrío. El corazón me iba a cien por hora.

–¡Hola! dijo en español. Et voilà le monsieur de la Vierge au nez casée.

Tal cual. Hasta ese punto se acordaba.

Tiempo me faltó para que mi mano se introdujera en la mochila y para, apartando un poco a las chicas, que le extendiera la venerada figura.

Como hacen a veces las madres con sus hijos, la cogió como temiendo que se pudiera caer, la distanció de sí la longitud de sus brazos, para mirarla mejor, y por fin se la llevó a su regazo con una dulzura encantadora.

Aquí lo dejo por hoy.

(La foto está tomada en el atrio de la Catedral ese mismo día).

 

 

 

1 Comment BREVE DIARIO DE UN CONFINAMIENTO POR CORONAVIRUS (7)

  1. David Gutiérrez 21/03/2020 at 11:19

    Qué intriga, qué intriga….

    Reply

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