BREVE DIARIO DE UN CONFINAMIENTO POR CORONAVIRUS (5)

Pues íbamos por el momento en el que la dama de las perlas, tras ofrecerme la talla de la Virgen, me dice que no lo hace porque sí, y como ese comentario, tras el gesto insólito, me dejó totalmente admirado.

Mi reacción fue la de contarle que tenía en casa un talla parecida, comparable, mejor dicho, que era de una madera más oscura, que me la habían regalado por primera Comunión y que le profesaba un inmenso cariño. Añadí que la tenía siempre cerca de mí, y que la llevaba conmigo en cada viaje y que, hace muchos años, en un acto bárbaro, típico de un adolescente que se aburre, se me ocurrió hacerle un pequeño tajo con una opinel a la altura de la nariz. Desde entonces –concluí– para mí es la Madonna à la nez cassée. Estábamos hablando en francés, pero es que es así, con esa expresión en esa lengua, como yo la llamo (eso no se lo dije).

La mujer escuchaba con atención.

–Ya sé que esto no tiene porque ser un do ut des, pero, en mi próximo viaje, se la traeré para regalársela.

Me sonrío aún con más intensidad y aceptó encantada.

–¿Vienen ustedes de lejos?

–No, de Pamplona. Además, venimos a menudo. Y ahora volveremos pronto, con más motivo.

Prácticamente, ahí se acaba la cosa. Metí la talla en mi mochila y regresamos a casa.

Durante el camino de vuelta mi cabeza no paraba de dar vueltas a lo que me había sucedido.

Al llegar a casa, coloqué la talla en la mesilla de noche; quería tenerla cerca.

Al pasar por delante de mi Virgen tuve una sensación extraña.

Había prometido que se la regalaría a aquella mujer, pero, por algún motivo, eso no me dejaba del todo tranquilo.

Tengo que reconocer que esa noche, al acostarme y mirar la nueva figura de la Virgen antes de dormirme, decidí que no regalaría la mía.

Pasaron dos meses más o menos desde aquel día. Yo me olvidé del asunto, por mucho que ambas figuras estuvieran en casa, lo que sin duda y por el momento me complacía. Tenía tan claro que no se la iba a regalar que ni siquiera me molestaba en buscar interiormente la menor excusa. No volvería a pasar por esa tienda en mi vida, y punto.

Pero por fin llegó el día en el que teníamos que ir a Bayona y, claro, una vocecita (no de la conciencia, no, sino una exterior, bien articulada y audible), acompañada de una sonrisa que despliega cada mañana y que no acabo de comprender a qué viene, me dijo:

–Ah, y acuérdate de que tienes que llevarle la Virgen a la señora de la tienda de perlas.

–¡Ah! ¡Claro! Qué bien que me lo has recordado – musité para mí.

No me quedó otro remedio que coger a MI VIRGEN, la Madonna à la nez casée, la que me regalaron con mi comunión, la que me había acompañado a Inglaterra cuando estuve interno, durante mis estancias en Francia, en Italia, en Dinamarca, en los Estados Unidos, cada fin de semana que habíamos hecho un plan; la que había acogido mis rezos y súplicas, la que me había mirado siempre con una increíble ternura; más, aquella a la que me dirigí cuando murió mi madre para decirle «MADRE», y meterla en la mochila.

Salí enfurruñado. A la otra figura de la Virgen es que ni la miré.

En fin, un drama, uno que sufrieron en el viaje de ida las pobres que me acompañaron. No dejé de protestar, de quejarme por todo.

¿En qué momento acepté la Virgen de la dichosa señora?

Lo que ocurrió al llegar a Bayona no es menos increíble que lo que me había pasado allí dos meses atrás.

Mañana, con permiso del puñetero virus este que nos está minando, trataré de contarlo.

 (La pequeña talla que aparece en la foto era la mía, la de verdad, minutos antes de salir para Bayona).

3 Comments BREVE DIARIO DE UN CONFINAMIENTO POR CORONAVIRUS (5)

  1. David Gutierrez 19/03/2020 at 12:45

    Alvaro, sigue escribiendo el diario por favor. Hay quienes necesitamos de este tipo de literatura para sobrevivir…
    Gracias y Abrazo

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  2. CARMEN 19/03/2020 at 21:43

    Me encanta el relato pero necesito saber que pasó con la tienda, Estaba cerrada y la señora ya no estaba?

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  3. Álvaro de la Rica 19/03/2020 at 23:19

    No, Carmen, estaba abierta y bien abierta pero hoy he tenido que escribir todo el día y nos me ha dado la vida; mañana lo cuento

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