BREVE DIARIO DE UN CONFINAMIENTO POR CORONAVIRUS (3)

Lo primero que me vino a la mente fue preguntar a la dueña por el sentido de aquel inesperado regalo. Pero hay preguntas que, si las formulas, te parten por la mitad, y desde luego ésta sería una de ellas. También hay preguntas que no se llegan a formular, que no se hicieron a tiempo y que han marcado nuestras vidas, como le ocurrió a Perceval ante el paso del Grial. Si atendemos al relato canónico de Chrétien de Troyes, el célebre objeto pasó por delante de sus narices hasta cinco veces, y nada, que no se atrevió a preguntar cosa alguna, y la verdad es que era como para haber preguntado: un desfile de mujeres bellísimas que portaban una lanza que sangraba y un servicio de mesa (un plato o graal y una bandeja) de los que se desprendía una luz que, según dice el original, «a las numerosas candelas que acompañaban el cortejo les pasaba con esa luz lo que a las estrellas con el sol o la luna», o sea que languidecían irremediablemente. ¿Qué clase de luz sería aquella que entrevió Chrétien? Lo ignoro, pero estoy seguro que no muy distinta de la que se desprendía de los ojos de la mujer de las perlas. «Y le preguntará –dice Zambrano en un texto memorable–, éste que dejó perder la verdad o huyó de ser iniciado por la verdad, le preguntará ella misma; preguntará y se preguntará infatigablemente hasta ser poseído por el preguntar, hasta convertirse él mismo en eso, en una pregunta».

Trataré de bajar de las musas a la escena del teatro.

La cuestión es que ahí estaba yo, hecho un manojo de nervios, en medio de la tienda, a los pies de la Catedral, y que aquella señora a la que no conocía de nada, intuyéndolo, con una dulzura impresionante, me ofrecía, me regalaba, una talla en madera que era, es, la tengo delante de mis ojos, una preciosidad auténtica.

Lo máximo a lo que acerté, en un momento dado, fue a balbucear algo como esto: «Bueno, pero, yo no querría… (¡falso, más que falso!), si precisamente no la quiere vender»

Esto último lo debí de decir de forma más o menos literal porque recuerdo que ella me respondió que había cosas que no se vendían.

¡Madre mía! Pero con qué categoría de persona me había encontrado.

Si antes había deseado aquella figura por su armonía o por el color de su madera, había pasado del deseo al amor. Me representaba lo que sería tener una Virgen regalada por aquél ser y noté –no sé si soy el único que me pasa esto– como me daban unos ligerísimos calambres de felicidad que me recorrían desde el pecho hasta las piernas. Es como la sensación inesperada de una especie de gozo por lo que está por venir en la vida, algo que se siente como posible o probable y que nos llena de una felicidad antes que nada física.

Estando en estado tan especial, se me ocurrió decirle lo siguiente: «Mire. Usted no se puede imaginar lo que para mí significa este gesto de su parte. Ofrecer algo porque sí, sin conocer a la persona, es algo tan raro como necesario».

¿Necesario?

Sin duda, me había venido arriba.

Mi amiga (para entonces qué duda me cabía de que íbamos a ser live time friends; ¿no sería ése el verdadero regalo?) me escuchó y, en cuanto hube terminado, dijo: «No, no es porque sí».

Lo que me faltaba por oír. Ahora me iba a decir que llevaba mucho tiempo esperándome y que sabía que esa mañana yo entraría por esa puerta y le pediría la talla, y blablablá.

En absoluto. No dijo ninguna cosa rara. Todo lo que hablamos se mantuvo dentro de la más estricta racionalidad, pero eso no me impedía darme cuenta de que estaba ocurriendo algo excepcional y que, de nuevo, ante su último comentario, no estaba en condiciones de hacerle una repregunta tipo «¿Cómo que no es porque sí? Entonces, explíquese».

Naturalmente me abstuve, aunque ganas de inquirir no me faltaron. Y creo que no me equivoqué conteniendo muy curiosidad. Además, no habría servido de nada porque –he pensado después– no es que quisiera formular una pregunta, sino que yo mismo me había convertido en una pregunta.

Continuará.

 

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