BREVE DIARIO DE UN CONFINAMIENTO POR CORONAVIRUS (2)

Segundo día. El confinamiento ya es oficial. Prohibido salir de casa, ahora por decreto. Algunos lo llevábamos haciendo casi una semana pero basta la imposición para que aumente exponencialmente la sensación de claustrofobia. Así somos, al menos yo. Por eso he dormido más, me ha costado levantarme y lo he hecho con el ánimo más bajo que el de días atrás. ¿Y qué? ¿No escribió María Zambrano de «un tiempo que brota sin figura ni aviso, que no mide movimiento alguno ni parece que haya venido a eso… algo inasible, soplo, respiro, vida»?

Estábamos con un pie en el umbral de la puerta de la tienda de perlas a los pies de la Catedral de Bayona.

Una vez dentro, la dueña nos saludó con la mirada. Nos saludó y nos acogió, sin preguntar nada, mientras terminaba de poner en orden los retazos de papel y de cuerda que le habían sobrado al envolver ese último paquete. Sonreía con la cabeza ligeramente inclinada sobre una tabla de olivo. Me fijé en que había escrito a mano, en un albarán de papel, los datos de la compra. No había máquina registradora; sólo un pincho que se introdujo en aquella nota. Mis ojos se me iban alternativamente hacia ella, que me parecía una mujer fascinante, un carácter de novela, y a la Madonna de mis sueños. Tenía el presentemiento de que ella (la dueña) me había leído el pensamiento y de que su sonrisa, amplia pero muy discreta, con un punto maternal, tenía que ver con que para ella mis intenciones le resultaban transparentes. Eso es absurdo, me dije, sin poder, no obstante, quitarme de encima esa sensación. Apenas miré nada más de la tienda, convertida cada vez más en un escenario. Por fin, pasados unos minutos, me decidí a interesarme por la figurita. Apunté con el dedo hacia el rincón en el que estaba, junto a la pared, y sin añadir ninguna otra cosa, le pregunté: «¿Es suya?, ¿no es así?». ¡Menudo majadero! ¿Qué clase de pregunta era aquella? ¿De quién iba a ser si no? No se me había ocurrido otra manera de abordar la cosa, acaso consciente de que ella ya sabía lo que yo quería. Para romper el hielo… ¡mamarracho! Como para tapar mi torpeza, sin darle tiempo a contestar, añadí: «Seguro que no está en venta». La dueña clavó en mis ojos la mirada y con una sonrisa, que, en mi nerviosismo, en un primer instante, me pareció cruel, dijo con pleno convencimiento: «No, no. Esa pieza no la vendo». No había pasado ni un segundo cuando, con la misma sonrisa, cuyo sentido cambió ciento ochenta grados, preguntó: «¿Le gusta? ¿Por qué lo pregunta? ¿Le gustaría tenerla?» No me dio tiempo ni a asimilar lo que había escuchado, no ya a responder a sus preguntas, cuando aquella mujer concluyó con toda determinación: «Je vous l´offre».

Mañana si me lo permite el dichoso virus, contaré lo que fui capaz de responder. Y también lo que pasó por mi cabeza, en un instante, y lo que sentí ante aquel gesto inesperado e insólito.

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