Breve diario de un confinamiento por coronavirus (1)

Sentado en mi viejo escritorio, pretendo escribir cada día un fragmento de un diario, mientras dure este momento de tiempo en el que estamos convocados a quedarnos en casa, lo más tranquilamente posible. Será bueno para mí y ojalá que también lo sea para quien, a fuerza de trastear con el ordenador, caiga despistado por aquí. «El tiempo que devora, da, ha dado ya un instante. Tiempo es dar tiempo. Dar por tanto continuidad a la creación, no decadencia de ella». Eso escribía María Zambrano el 19 de abril de 1958 en su cuaderno de notas, sentada a una mesita del Antico Caffè Greco, en el 86 de la vía Condotti, en la ciudad de Roma. Y lo que quiero, como siempre, es contar una historia, una que tiene lugar en cambio a muchos kilómetros de la ciudad del Tíber, a dos pasos de la Catedral de Sainte-Marie de Bayona de Francia, a orillas del océano atlántico, en un rincón del país vasco. Pues bien, hace escasas semanas, cuando no se había decretado aún el cerrojazo, deambulaba por allí apenas habíamos cruzado la hora del mediodía. En concreto andaba por la rue de l´Abesque en dirección a las murallas, les ramparts, en las que jugara de niño Victor Hugo, cuando, antes de girar por la rue des Faures, y descender hacia el parking de la Porte d´Espagne donde habíamos aparcado el Mini, vi por primera vez (había pasado por  allí mil veces pero, como Perceval ante el castillo del Rey Pescador, no me había fijado en aquel establecimiento, una tienda en la que vendían ¿joyas?, ¿bisutería? Enseguida aprecié, a través del amplio cristal del escaparate, expuestas, muchas perlas, solas, blancas o grises rosas, adornando pulseras, colgantes, pendientes e incluso anillos; ignoraba entonces de qué tipo o calidad de perlas se trataba. Dentro de la tienda, estaba de pie una señora con el pelo blanco y una amplia sonrisa y dos personas de mediana edad que imaginé que debían de ser unos clientes, a juzgar porque el hecho de que aquella dama les estaba terminando de confeccionar un paquete para envolver su compra. Mientras observaba la escena, admirando la cordialidad que se transparentaba entre aquellas tres figuras, fijé mis ojos en una Madonna tallada en una madera clara. Tengo una peligrosa propensión a encapricharme de las cosas, especialmente si son o me parecen cosas bellas. Y aquella lo era de forma patente: de una sola pieza de algo más de 20 centímetros de alto, de un color claro en el que se mezclaban el oro, la hoja de tabaco y el café, y, sobre todo, lo que más duramente golpeó mi deseo, tenía unas proporciones en las que la esbeltez se ajustaba con la gravedad. «La quiero», me dije, al tiempo que reconocía lo siguiente: 1. Era otro capricho, en un momento en el que mi cuenta del banco estaba literalmente esquilmada. 2. Tenía, tengo en casa, pensé, una Virgen que bien podía ser su gemela (me la regaló un personaje histórico español en mi primera comunión y la he conservado cerca de mí, y transportado en cada viaje, como un talismán o una reliquia). 3. Y más importante aún. Siendo así que se trataba de una joyería, tenía toda la pinta de que aquella maravilla era de aquella elegantísima señora que se aprestaba ya a despedir cordialmente a la pareja a la que había estado atendiendo. No pude evitar, mientras consideraba la realidad, la admiración por los gestos amables, amplios, rítmicos, de la dueña.

En cuanto se hubo quedado a solas, me decidí a entrar por la puerta.

Lo que pasó después, algo que no me había ocurrido nunca, que yo recuerde, lo contaré mañana, con el permiso del coronavirus.

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