Anatomía de la tentación

La dinámica de la tentación… ¿Cómo escapar de ella? Los primeros síntomas apenas son perceptibles. No resulta fácil reconocerlos. Como un centinela que percibe de noche unos cambios de luz que al principio le sobresaltan pero que, pasadas las horas, apenas le hacen reaccionar; como tiene que mantenerse despierto, llega a desear que se reproduzcan esas sombras y esos ruidos sospechosos. Le hacen sentirse menos solo. A veces él mismo se los imagina. Los recrea en su mente. Los mima, juega con ellos. Nunca piensa que detrás puede haber algo malo, un hombre dispuesto a hacer daño, un animal a la defensiva o acaso algún espectro, aunque sabe por experiencia que desgraciadamente eso es lo que ocurre, siempre o casi siempre, si uno se deja llevar hasta ese límite. Pero él no quiere ser humilde porque se encuentra solo. No desea pedir ayuda (no sabe que puede hacerlo, que hay más gente por ahí que le quiere). No quiere despertar a nadie. Piensa que ante este tipo de peligros se puede manejar mejor por sí mismo. Siente miedo cuando se representa por fin lo que está en juego pero, conforme avanza la noche, su mente va debilitándose y no es capaz de presentarle esos rostros familiares (a los que está obligado a proteger) por los que merecería la pena despertar a todo el campamento. Para entonces su voluntad ha quedado prácticamente anulada e ignora el número de raposas y fieras que le acechan y que están de antemano devorando la viña. Como no acaba de creérselo, ni siquiera entonces, no puede recurrir al llanto. No pide auxilio. Está más solo aún. En lo íntimo. Permanece enhiesto, sollozando. Entre ruidos, sombras y sordos lamentos.

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