El poder de las historias (Martin Puchner)

En los últimos meses se han publicado en lengua española un puñado de libros que tratan de proporcionar al lector una idea de la historia de la literatura universal. El profesor Jordi Llovet, con la solvencia que le caracteriza, editó La literatura admirable (Ediciones Pasado y Presente), libro colectivo que lleva varias ediciones ya; Gredos reeditó en 2018 los dos tomos del clásico Historia de la literatura universal de Riquer-Valverde; en un terreno más divulgativo, Nórdica ha publicado un Atlas de la literatura universal, también colectivo, y Blume otro libro breve pero muy sustancioso escrito por Scott Christianson y Colin Salter y que lleva por título 100 libros que cambiaron el mundo.

Ojalá que la literatura universal se pusiese de moda: ¡ganaríamos todos tanto! El caso es que recientemente ha aparecido un quinto libro con análoga pretensión titulado El poder de las historias. O cómo han cautivado al ser humano de la Ilíada a Harry Potter.

Escrito por Martin Puchner, profesor de literatura de la Universidad de Harvard, el libro recorre la historia de la escritura literaria, comenzando no por la Ilíada sino por la Epopeya de Gilgamesh, poema sumerio al que dedica acaso el mejor capítulo del libro, y finalizando en la actualidad que afortunadamente, en lo que ha literatura se refiere, excede con mucho al universo Rowling.

El trabajo de Puchner resulta fascinante, por varios motivos. A diferencia de los libros colectivos mencionados anteriormente, se trata de una obra individual, apoyada en el saber de muchos eruditos cuyo trabajo el autor ha llegado a asimilar. Puchner tiene una visión propia de la tradición literaria y se ha tomado el esfuerzo titánico de ponerla por escrito. La principal interferencia a este carácter personal proviene de su editora, a la que menciona en el texto (¿una sutil venganza?) como la inspiradora de un recurso trivial que distorsiona la agudeza de un libro brillante. Me refiero al expediente a que el autor, a la vez que va contando los hechos e ideas que perfilaron la tradición literaria, se vea forzado a trasladarse a los sitios y contarnos su impresión de lo que queda de algunos lugares literariamente emblemáticos; la editora parece desconocer el poder que sobre la imaginación del lector tiene de por sí un texto bien trabado.

Yendo al fondo del asunto, el enfoque de Puchner, como refleja el título, no se centra propiamente en la literatura, ni tampoco en las historias que ésta ha producido a lo largo del tiempo, sino que trata de explicar cómo los diferentes soportes materiales de la escritura literaria (desde la tablilla sumeria a las electrónicas, no en balde denominadas tablets, pasando por el papiro, el pergamino o el papel y la imprenta) han incidido en la escritura y el poder que unas ideas difuminadas sobre esos soportes han ido ejerciendo en cada momento. Se puede decir que es una historia sobre las tecnologías de la literatura. Su intención no es tanto la de hablar de literatura (una pena porque cuando lo hace el libro refulge) sino de poder, fenómeno tan indisociable de la condición humana como tendente a lo mostrenco.

Gilgamesh, Homero, La Biblia, Sherezade, Gutenberg, Popol Vuh, Cervantes, El Manifiesto comunista, el samizdat de la época soviética, los parques temáticos y las webs que comercializan el producto-Harry-Potter, no se abordan como los vehículos ajustados de expresión formal del amor, del dolor, la compasión o la muerte que son, sino como instrumentos de poder político, religioso o ideológico. El día a día de los estudios literarios en un medio universitario que piensa sólo en términos de poder. La perspectiva es fascinante, sí, y el desarrollo en el libro me parece impecable pero, como comprensión general de la literatura la considero errática. En la página 75 el autor hace esta confesión: “A veces pienso en mi propia profesión, el estudio de la literatura, como una rama de esos intérpretes oficiales, aunque nuestra autoridad está muy debilitada”. Pero, ¿quién, conociendo la esencial incertidumbre que anida en el hecho literario, puede querer ser considerado una autoridad, aunque lo sea? Precisamente la razón del debilitamiento de la posición del intérprete académico esté en que muchos profesores de literatura no piensan en la literatura, en su modo de ser, ni creen en ella y han abandonado su perspectiva singular y por lo tanto su campo específico: la vida interior de los actores humanos a los que como al cautivo de Cervantes no les desamparó jamás la esperanza de tener libertad.

 

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