La única historia (Julian Barnes)

Leí La única historia (Anagrama, 2019) hace ya algunas semanas. Se me escapó el sentido y aún se me escapa, pero alguna lectura posterior ha venido en mi ayuda y ha iluminado racional y sombríamente lo que entonces apenas intuí. Ya el título parece dispuesto para despistar. La historia no tiene nada de única (la ruptura de un matrimonio y de paso de unas vidas) pero los protagonistas lo viven como si lo fuera. “Creías, y sigues creyéndolo profundamente –le reprocha un personaje a uno de los amantes–, que el amor es lo único que cuenta; que lo compensa todo; que si tú y ella estáis bien, todo estará en orden. Pero ahora comprendes que lo que ella ha dejado atrás –su anterior relación– es más complejo de lo que suponías. Pensabas que podías amputar trozos de una vida sin dolor ni complicaciones. Comprendes que si ella, cuando la conociste, parecía aislada, al fugarte tú con ella tú las has aislado aún más”. Añade una nota de esperanza: “Todo esto significa que debes redoblar tu compromiso con ella. Tienes que atravesar ese pasaje difícil y entonces las cosas serán más claras, mejores” (p.129). Pero las cosas lejos de mejorar empeoran, hasta el punto que del mencionado compromiso se pasa a la desgana (ese “no querer nada” y vivir por pura inercia que analiza magistralmente Marlène Zarader en Cet obscur objet du vouloir, Verdier, 2019) y que estaba en la raíz del pensamiento anti-personalista de Simone Weil tal y como explica Giorgio Agamben en un duro y luminoso prólogo a uno de sus últimos escritos de la filósofa judeo-francesa: “La persona y lo sagrado” (Hermida Editores, 2019).

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