Desertar

No tuve tampoco el valor de desertar. Sólo tengo una excusa para ello: era joven. No soy un cobarde. Fui engañado por mi propia juventud y fui engañado también por los que sabían que era joven. Ellos estaban perfectamente informados. Sabían que yo tenía 20 años. Estaba escrito en sus registros. Ellos eran hombres viejos, conocían la vida y las connivencias, y sabían lo que hay que decirles a los jóvenes de 20 años para hacerles aceptar la sangría. Allí estaban los profesores, todos los profesores que yo tuve desde el bachillerato, el presidente que firmaba los carteles; todos aquellos que tenían un interés, el que fuera, en servirse de unos casi niños de 20 años. Estaban también –y se me olvidaban, pero son muy importantes- los escritores que exaltaban el heroísmo, el egoísmo, el orgullo, la dureza, el honor, el deporte, la altivez. Escritores que no todos tenían cuerpo de viejos, porque los había jóvenes que también que se habían convertido en viejos por ambición y que traicionaban a la juventud por deseo de ser académicos. O simplemente que traicionaban a la juventud porque tenían almas de traidores y sólo sabían traicionar. Todos ellos retrasaron mi humanidad. Les guardo rencor porque me impidieron que esta humanidad estuviera dentro de mí en el momento preciso de facilitarme llevar a cabo actos útiles.

Jean Giono (Comienzo de Refus d´obéissance, 1937)

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