PHILIP ROTH (1933-2018). IN MEMORIAM

En Patrimonio. Una historia verdadera, el narrador charla con una amiga polaca de la enfermedad mortal de su padre, le cuenta los detalles angustiosos del tumor cerebral que le está matando y le habla de su grandeza, de cómo lo quiere y admira, de todo lo que le debe. Le dice en concreto que él se “pasa el tiempo pensando que el verdadero trabajo en que estuvo empeñado toda su vida, el trabajo de una generación entera de judíos, fue convertirse en norteamericanos. Los mejores ciudadanos. Europa se detuvo con él”, concluye. Su amiga le responde: “No del todo. No ha renunciado por completo a Europa –dijo ella–. Lo que en él hay de Europa es la supervivencia. Son personas, éstas, que nunca se rendirán. Pero también son mejores que Europa. En ellos había gratitud e idealismo. Una honradez básica”. En su última obra, Némesis, una epidemia de polio devasta la ciudad de Newark. El narrador reflexiona sobre el modo en el que el protagonista, Bucky Cantor, había vivido esa determinación fatal de su vida: “Para mi mentalidad atea, proponer un Dios semejante no era ciertamente menos ridículo que creer en las divinidades que confortan a millones de seres humanos; en cuanto a la rebelión de Bucky contra Él, me parecía absurda simplemente porque no había ninguna necesidad de ella. Bucky no podía aceptar que la epidemia de polio entre los niños del campamento de Indian Hill fuera una tragedia. Tenía que convertir la tragedia en sentimiento de culpa. Tenía que encontrarle una necesidad a lo que sucede. Hay una epidemia, y necesita encontrarle un motivo. Tiene que preguntar por qué. ¿Por qué? ¿Por qué? Que sea gratuita, contingente, absurda y trágica no le satisface. Que sea un virus capaz de proliferarse no le satisface. Este mártir, este maníaco del porqué busca desesperadamente una causa más profunda, y encuentra el porqué ya sea en Dios, ya sea en sí mismo o, de una manera mística, misteriosa, en la temible unión de ambos como el único destructor. Debo decir que por mucho que pudiera compadecerme del cúmulo de desgracias que había ensombrecido su vida, aquello no era más que un estúpido orgullo desmedido, no el orgullo desmedido de la voluntad y el deseo, sino el orgullo desmedido de la interpretación religiosa fantástica, infantil. Todo esto lo hemos oído antes, y ya estamos hartos de ello, aunque lo diga una persona tan absolutamente respetable como Bucky Cantor”. La segunda cita avala la primera: Philip Roth, sobre todo el Roth de los últimos años, de las cinco últimas novelas-relatos autobiográficos, de Engaño y  Elegía a Némesis, el Roth de Patrimonio sobre todo, pasó por la vida encarnando en el siglo XX el núcleo vivo del espíritu de Europa, la misma cadencia reflexiva que griegos y hebreos, con todo el pasado que les precedía, desplegaron en sus mejores textos, de Esquilo al Libro de Job, de los fragmentos pitagóricos a las advertencias de los profetas. ¿Cabe mejor definición de la idea griega de némesis que la que nos ofrece Roth en el discurso que acabo de transcribir y disponer en cursiva? ¿No son las nociones de honradez, gratuidad e idealismo esenciales al espíritu de Europa, hoy día despreciado una vez más por el cáncer nacionalista y xenófobo?

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