Rue du Bac

Todavía sobre la cama, decidió que no iría a trabajar, hizo un esfuerzo sobrehumano para olvidar a Cósima, llamó a la oficina y solicitó la mañana libre; se levantó por fin, se abrigó y bajó a desayunar al café de la esquina, Le Saint Germain. Era un mañana fresca y soleada. Antes de acomodarse en la terraza, compró su tabaco de liar en el estanco. En vez del desayuno, pidió una ensalada y una copa de vino de Borgoña y se dispuso a almorzar. Apenas habían dado las diez. El camarero la miró con una mezcla de asombro y resignación. Blanche no era capaz de hilar pensamiento alguno. Por unos minutos libró su mente y sus ojos para que vagaran por delante de sí al paso de los coches que recorrían el bulevar a toda velocidad. El espectáculo, una vez más, le estaba siendo servido a placer. Sonaban los cláxones como trompetas, los frenazos de las ruedas arañaban el asfalto, mil conversaciones y llamadas de móvil bullían resonando a su alrededor como en una composición cubista. Traffic colors se hubiera podido titular. Pero sobre todo ello, en su mente aletargada se iba imponiendo el fantasmal silencio del agua. Una gran masa de formas y colores que se diluían pasaba por delante de su mesa navegando en ondas sobre el asfalto. Los colores vivos de las carrocerías se confundían entre sí y, por un efecto óptico, acababan conformando un río continuo y brillante en el que unas manchas de luz parecían remontar la corriente hasta la altura del cruce con Saint Michel. Recordó que su calle había sido originariamente un canal con barcas que descendían desde la perpendicularidad del Sena. Con la vista entornada, todo le parecía estar inundado de un agua de tramoya que, aunque le permitía respirar, le conducía con la ligereza de la circulación hacia la irrealidad y la nada. Por un instante deseó construir un puente con su imaginación, una pasarela que le permitiera atravesar hasta el otro lado y huir de la muerte y del amor. Sintió un dolor agudo en el pecho que le obligó a reaccionar; no sin esfuerzo trató de volver en sí, pidió más vino y se desprendió como pudo de la tela de araña de aquel ensueño. Ordenó también un café. Fumaba su languideciente cigarrillo, y cuando consiguió quedarse tranquila, y recuperar un cierto sentido de la realidad física que tenía delante, notó que alguien la despertaba tocándole suavemente en el hombro al tiempo que hacía el ademán de sentarse a su lado.
–¿Permiso?

De Rue du Bac (en prensa)

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