LA (YA INEXISTENTE) FIGURA DEL EDITOR

En un pasaje de Historia de una novela (El proceso de creación de un escritor) se lee esto: “Yo no era, me dijo, un escritor al estilo de Flaubert; no era un perfeccionista. Yo tenía veinte, treinta, innumerables libros dentro de mí, y lo importante era producirlos y no desperdiciar el resto de mi vida perfeccionando uno solo”. El escritor era Thomas Wolfe, el libro Del tiempo y el río, y quien pronunció esa frase era Maxwell Perkins, el célebre lector de Scribner´s en los años de la Generación Perdida. He podido ver (contra mi criterio anti biopics) la película El editor de libros, en la que se retrata la relación de Wolfe y Perkins especialmente en el lustro en el que aquel creó El angel que nos mira y la ya citada Del tiempo y del río. Son muchísimas las cosas que la película deja entrever y que, no obstante, paso por alto. Pero sí hay una que me resulta acuciante en este momento. Me refiero a la ausencia, hoy en día, de lectores en las editoriales, de “editores” en el sentido inglés del término. ¿Quién sería capaz en nuestro contexto de decirle a alguien, sin duda próximo a la genialidad, como era Wolfe, con una personalidad y una autoestima superlativas, algo como éso, y convencerle de dejar el libro totalmente en sus manos, un libro que éste consideraba inacabado, un libro de un millón de palabras que iban a quedar reducidas a menos de un tercio. ¿Quién tiene hoy semejante autoridad moral? Había hecho un papel similar con algún otro autor, desde luego con Hemingway al que transformó de escritor formalista en productor de narraciones en las que lo único sustancial eran el argumento y la aséptica efectividad de las palabras. La pregunta surge inevitable. ¿Se cargó a esos escritores? ¿Los destrozó como artistas? Sí y no. En el caso de Hemingway, puede que sí, aunque desde luego la responsabilidad era exclusivamente de un autor que se moría por el dinero y el éxito. En el caso de Wolfe, desde mi punto de vista, lo salvó claramente de su extremosidad, ayudándole a encontrar lo que fue ciertamente una vía real, al menos en esas dos obras maestras que ya he mencionado. Hay editoriales que contratan a personas para ayudar al autor a “pulir” un libro. Suele ser gente joven (apenas se las paga). Solo saben cuatro  recetas que apuntan siempre a la pretensión absurda de presumir que conocen lo que la gente está (estamos) dispuesta a leer. Y para qué hablar de los editores propiamente dichos, incapaces en la mayoría de los casos de escribir una frase correcta. Personas que se jactan de no leer (si hacemos abstracción de las hojas Excel). Por eso, en gran parte, no surgen autores y los que hay quedan anquilosados en la rigidez de esquemas que apenas evolucionan o que directamente degeneran. No es necesario poner nombres, pero algunos han recibido recién el Premio Nobel y sus últimas diez novelas – siendo las primeras pura literatura– producen un creciente sonrojo. Y esto conecta con algo muy de fondo que la película refleja con precisión. Me refiero a la convicción que algunos tenemos de que también la mejor escritura, por mucho que se subraye siempre su condición de actividad solitaria, nace en el contexto del diálogo. “Nadie es una isla”, y menos que nadie un verdadero escritor.

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