El viaje a Echo Spring (Olivia Laing)

De nuevo, debo comenzar diciendo que no acostumbro tampoco a escribir sobre libros o cosas que me desagradan. En este preciso instante, en el que improviso unas líneas sobre El viaje a Echo Spring, que acabo de leer, desconozco porqué lo estoy haciendo: saltarme la norma de escribir solo sobre aquello que merece la pena leer, a mi juicio. Eso no quiere decir que no lea libros que me espantan y/o aburren (qué remedio) pero cosa distinta es dedicar tiempo a escribir sobre ellos. Vita brevis! En El viaje… la autora narra en primera persona su paso por varios lugares de la América del norte en los que rastrea las casas (u hoteles) y las vidas de seis autores (Tennesee Williams, John Barrymore, Scott Fitzgerald, Hemingway, Cheever y Carver) con el hilo conductor del alcoholismo que todos ellos padecieron. En este “ensayo sobre literatura”, narración (¿libro de búsqueda?), autobiografía al mismo tiempo sesgada y al descubierto, he encontrado un mezcla de inmadurez y confusión difícil de superar. De no ser porque habla de autores que me son profundamente queridos, cuya memoria creo que debe reivindicarse, no diría una sola palabra acerca de él, y menos por escrito. Resulta sorprendente que la autora “justifique” su indagación sobre el alcoholismo en un trauma infantil propio (la pareja lesbiana de su madre padeció la enfermedad y eso llevó al resto de la familia a huir de ella en medio de mucho sufrimiento) y que, al mismo tiempo, no diga nada de lo que ese trauma supuso para ella en concreto y en su relación con el alcohol. No tengo el menor interés en conocer su intimidad, pero resulta deshonesto no abrirse cuando la autora se dedica a sajar alegremente las tripas de los demás (incluyendo las de la pareja de su madre) y, tras el desolle general, a emitir juicios morales. En las primeras cien páginas me quedó claro que lo que de verdad le preocupa o interesa a Laing no es tanto el alcohol y su relación con la literatura sino la locura en sí misma considerada (algo a lo que el alcohol puede arrastrar, pero no solo ni principalmente el alcohol; véanse las páginas 35, 61 y 74). Como digo, un moralismo pestilente invade el libro, con apoyo en el célebre credo de 12 puntos de la Asociación de alcohólicos anónimos. Pero ya existen los diez mandamientos que, afortunadamente, se encierran en dos (los que comienzan con el imperativo “Amarás”) y no es bueno crear nuevos ídolos, por mucho que haya, no lo niego, a quien un método u otro pueda ayudar en un momento crítico de su vida. De ahí a elevar esos u otros principios a norma de conducta universal hay un trecho cuya densidad y complejidad la autora desconoce. El problema del alcoholismo no tiene mucho que ver con la literatura como tal; están en planos esenciales distintos y cuando se escribe sobre literatura se trata de algo que uno debería ponderar. Se puede escribir sobre el alcoholismo, cómo no, y se puede llegar a conclusiones provisionales interesantes; algunos escritores lo han hecho con suma perspicacia. Pero partir de un problema humano, de etiología más que difícil, asociado con los estratos más profundas de la personalidad, y proyectarlo directamente sobre los textos, es insultante para la memoria de cualquier persona, sea o no un gran literato (no me da menos lástima la dichosa madrastra; hay quien solo está dispuesto a destripar a los demás, quedándose al margen y, lo que es peor, haciéndose la víctima). Si pudiéramos saber porqué alguien bebe, lo sabríamos todo; por el momento, en el punto en el que nos encontramos, deberíamos conformarnos con pronunciar algo menos que la mitad de la oración. Cuando leo un sonteto de Barrymore, un párrafo de Hemingway, otro de Carver o de Fitzgerald, una entrada del Diario de Cheever o una tirada de Williams, me parece fuera de lugar hablar de si bebían o no, y cuánto (en otras dimensiones sexuales y escatológicas no entro). No creo que sea una manía mía: se trata de que con esa “criteriología etílica” no se entiende nada del texto ni del hombre que está detrás tampoco. No es así de fácil hablar de semejantes temas en otro. No le corresponde a Laing ni dar ni quitar; es más, debería tentarse la ropa siquiera para opinar salvo que quiera moverse en el más atroz amarillismo. Podría poner decenas de ejemplos de cómo ese método le lleva a una posición intelectual errática. Laing quiere llegar demasiado pronto a las conclusiones, confunde las causas y las consecuencias, no entiende la esencia de la ficción poética y, menos aún, la insondable naturaleza del alma. Obsesionada por el mito de la culpa atesta juicios morales que a nadie corresponde hacer y, cuando tendría la posibilidad auténtica de decir algo real, de ofrecernos su palabra, su experiencia,  se calla (esto no se lo reprocho, escribir con belleza, lo decía Platón, es arduo, difícil y problemático). Me ha resultado especialmente penosa la lectura que hace de Fires, el ensayo de Carver en el que éste habla de las influencias de su vida y de su escritura. Le acusa de deshonesto (pág. 292). ¡A Carver, que nos ha enseñado a una generación a enfrentarnos con las grandes preguntas sobre la vida y la muerte! Llega a hablar de un “Carver bueno” y un “Carver malo” (no es broma). Nada hay peor que, por precipitación e inatención, formularle a un texto las preguntas equivocadas. En Fires no se está hablando ni del alcohol, ni de la capacidad de recordar ni de culpas pasadas, ejes inexistentes en el texto con los que Laing tergiversa completamente el sentido del mismo. En cambio, si hubiera sido más cauta, se hubiera fijado en que el autor menciona el concepto “visión”. Ahondando en el relato de la iluminación que ese genio tuvo en una lavandería, en pleno caos de vida, habría entendido que él está llevando su narración a un plano distinto, el del miedo y el de la belleza (la expresión de la fuerza de atracción de lo cotidiano que le ha convertido en un clásico para siempre) y en el de la gracia, realidades todas ellas que ni siquiera asoman en su libro.

 P.S. Tranquilos. Ahora mismo estoy leyendo cuatro libros de ensayo absolutamente maravillosos.

2 Comments El viaje a Echo Spring (Olivia Laing)

  1. Berta Viteri 08/02/2018 at 17:06

    Realmente, tendríamos que aprender a preguntarnos por qué las personas hacen lo que hacen. Intentar entender, ese gran gesto de amor.

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  2. Álvaro de la Rica 20/05/2018 at 23:05

    tienes mucha razón querida Berta

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