Contra el odio (Carolin Emcke)

He leído Contra el odio (Gegen den Hass) como el que se bebe, de un trago, una copa de buen vino: al tiempo que le deleita el paladar, le da calor en el pecho y le aligera la mente. Lo he leído, también, como una continuidad con el libro de Oz contra el fanatismo. Emcke (Premio de la Paz de los Libreros Alemanes 2016) describe (se trata de un texto más descriptivo que argumentativo) primero en qué consiste ser un fanático y, segundo, qué consecuencias tienen esas actitudes fanáticas sobre el prójimo. Para ser precisos, Emcke no habla de personas fanáticas sino de comportamientos fanáticos. De ese modo, deja  un margen para que la persona rectifique (sin la camisa de fuerza añadida de un encasillamiento desde fuera) y acepte un pluralismo consustancial a la idea de democracia y de vida humana civilizada. Hay una cosa que no comparto con ella, aunque quizás se trate de una cuestión semántica. Al menos en dos o tres pasajes (ya he dicho que no se dedica tanto a argumentar cuanto a describir, cosa que hace de modo implacable) Emcke habla de que estamos en una sociedad post-metafísica. Ignoro si, para ella, es ése el único espacio en el que el valor del pluralismo resulta posible. No creo que metafísica y esencialismo puedan ni deban identificarse. No es el lugar para hablar de esta distinción de razón, pero la cita, en la página 190, de Ingeborg Bachman, me parece que lleva a “un modo de pensar que quiere conocimiento y quiere alcanzar algo con el lenguaje y a través del lenguaje; llamémoslo provisionalmente realidad”. Pienso que la única forma de huir del esencialismo (o de los esencialismos de toda especie) es a través de una metafísica, de superar de verdad la física y el naturalismo con un lenguaje que parta y se oriente hacia el conocimiento de la realidad. Pero, dejando este gran asunto aparte, para mí, lo más valioso del libro es el modo en el que describe el resultado de las acciones fanáticas sobre el sujeto pasivo de esos comportamientos (se den en el ámbito político, sexual o religioso).

Sobrecoge leer pasajes como estos (he seleccionado tres y el más incisivo y profundo puede que sea el tercero):

Quien se ajusta a la norma puede caer en el error de pensar que la norma no existe. Quien se asemeja a la mayoría puede caer en el error de creer que la identificación con esa mayoría que dicta la norma no tiene importancia. Quien se ajusta a la norma tal vez no se percate de cómo esta excluye o denigra a los otros. Quien se justa a la norma a menudo es incapaz de imaginar sus efectos, ya que la aceptación de la norma se da por supuesta. Pero los derechos humanos se aplican a todos. No solo a los que son iguales que nosotros. Así es preciso permanecer atentos para detectar qué tipo de desviaciones, que formas de otredad se definen como relevantes y, por tanto, son susceptibles de participar en la sociedad y merecer respeto y conocimiento. Así, debemos prestar atención cuando quienes no se ajustan a la norma cuentan cómo se sienten en su día a día al ser excluidos y despreciados, y es importante ponerse en su situación, aun cuando nunca nos haya sucedido lo mismo en primera persona (97-98)

Cada día o cada semana, en un encuentro casual en la calle, en un bar, durante una conversación con conocidos o desconocidos, el hecho de tener que justificarse una y otra vez, que rebelarse contra falsas suposiciones, contra muestras de resentimiento y estigmatización no solo deja sin fuerzas, sino que también resulta perturbador. Ser agredido permanentemente a través de términos y leyes con una determinada carga ideológica, mediante determinados gestos y convicciones no solo es motivo de irritación, sino que también puede resultar paralizante. La continua exposición al odio hace que con frecuencia los afectados enmudezcan. Todo el que es tildado de pervertido o peligroso, inferior o enfermo, quien debe justificarse por su color de piel, su orientación sexual, sus propias creencias o simplemente por llevar algo en la cabeza pierde con frecuencia la legitimidad para hablar libre y abiertamente (99-100)

Como ya he mencionado al comienzo de este libro, el hecho de no limitarse a condenar el odio y la violencia, sino además observar su funcionamiento, siempre implica señalar en qué casos habría sido posible hacer otra cosa, cuando alguien podría haber tomado otra decisión, en qué circunstancias alguien podría haber intervenido o cuando alguien podría haber renunciado (163)

Y esto lo añado yo: cuando no una sola sino un grupo de personas se concitan para, mediante la violencia secreta que ejercen sobre alguien, herirle, y no toman decisiones para rescatarla, no interviene alguna de ellas (o quien esté por encima) para parar el acoso, o alguno del grupo de fanáticos no renuncia, a pesar de la ceguera ideológica, por un principio de humanidad, a la caza del hombre, estamos en el agujero oscuro de la institucionalización del odio y del mal. Y lo más increíble es que, como muy bien explica Emcke, este tipo de comportamientos, paradójicamente, los llevan a cabo personas y organizaciones en nombre de la pureza, de lo auténtico, de lo bueno y hasta de lo divino.

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