Florence Delay y el sentido de la muerte

En cierta ocasión, un grupo de amigos de Florence Delay nos juntamos en Burdeos. Le daban un premio que consistía en que nos reuniéramos en torno a ella y hablásemos en público de su obra. Y pasaron cosas. Cosas que nos revelaron a quién teníamos delante. Era el mediodía de la última jornada y estábamos almorzando en un comedor privado una docena de participantes en el homenaje. Entre ellos, el ponente que cerraba el encuentro. Un viejito sonriente que, antes del postre, cayó al suelo derrumbado. Estaba sentado inmediatamente a mi izquierda pero yo no lo conocía, y Florence tampoco. En un rato los bomberos se lo llevaron al hospital y esa misma noche murió. ¿Ictus? ¿Ataque al corazón? En cualquier caso, era evidente que se trataba de algo grave y fulminante. Nos quedamos helados. No éramos capaces de comer nada más, ni siquiera de articular palabra. Por primera vez y única en aquellos días, Florence tomó la iniciativa, comenzó a hablar con una voz dulce y a contar un montón de anécdotas, deslizándose suavemente desde la seriedad que la ocasión exigía a una comicidad medida que hizo que, sin olvidar lo que acabábamos de vivir, los demás pudiéramos reponernos un poco. Los organizadores pensaron en suprimir la clausura. No tenían ponente y lo ocurrido era lo bastante grave como para suspender la sesión. Florence se negó: con una lógica superior se ofreció a rendir al infortunado ponente el homenaje de leer ella misma su texto. Resultó emocionante.  (Del libro Órdago. Un paseo por la frontera vasca del Pirineo, de próxima aparción).

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