El mundo y el pantalón (Samuel Beckett)

Con ocasión de la presentación del libro El mundo y el pantalón, de Samuel Beckett (Elba, 2017), Manuel Arranz, su traductor, leyó el texto titulado “La próxima vez fracasaré mejor: Samuel Beckett, o la vocación de fracaso” que, por su interés, reproduzco aquí:

No voy hablarles de la traducción. Un tema peliagudo éste sobre el que, con contadas excepciones, no se suelen decir más que vulgaridades y repetir lugares comunes. Y como yo no iba a ser una de esas excepciones, me abstengo y de paso les hago un favor. Beckett no confiaba en los traductores, por eso se traducía a sí mismo. Seguramente habría puesto muchas pegas a mi traducción. Le pido disculpas. Los pintores hablarán de pintura. O de lo que les de la gana. Yo me limitaré a decir algunas palabras sobre el libro. Y sobre Beckett. Sobre el inimitable Beckett. Sobre el inimitable imitador Samuel Beckett.
Jean Frémon, en su sugestivo texto incluido en esta edición, de título también sugestivo: A Samuel Beckett le aprietan los zapatos, nos cuenta que Beckett imitaba a Joyce. La forma de colocar los cigarrillos en el escritorio, la forma de acercarse la página que estaba leyendo a los ojos, y que incluso se compraba el mismo modelo de zapatos y el mismo número. Pero Joyce tenía los pies pequeños, algo de lo que al parecer estaba muy orgulloso, y Beckett se estaba destrozando los pies por culpa de aquella devoción. “Hay que sufrir para ser Joyce.” Además fue su asistente durante la época del Finnegans Wake, y una hija de Joyce, Lucía, se enamoró de él. A Beckett no le quedó más remedio que confesarle que sólo iba a su casa por su padre. Pobre Lucía.
Georges Duthuit, el libro incluye también una carta de Beckett a Georges Duthuit a propósito de Bram Van Belde, era yerno de Matisse y director de la revista de arte Transitions en 1947. Con ideas afines y otras diametralmente opuestas, que es lo que suele consolidad una amistad, Beckett escribe con él sus Tres diálogos sobre pintura (textos sobre Tal-Coat, André Masson y una vez más Bram van Belde). El librito, es muy breve, data de 1949 y Duthuit se expresa en él como Beckett. ¿Otro imitador? No. En realidad todo el libro está escrito por Beckett, tanto las preguntas como las respuestas. Duthuit sólo prestaba su nombre. Beckett se expresa con frases cortantes, relampagueantes, frases sin principio ni final, o con principio pero sin final, o con final pero sin principio. Hablar de pinceladas, de brochazos, sería una vulgaridad, una fácil y recurrida metáfora, pero quizá exacta. “El instante fugaz de la sensación” es también el instante fugaz de la creación. La verdad y la belleza están aquí excluidas, pero también la mentira y la fealdad. Los conceptos se descomponen, se difuminan, se mezclan, como los colores una vez más. Perturbar el orden. “Expresar que no hay nada que expresar, nada con que expresar, nada a partir de lo que expresar, ningún poder de expresar, ningún deseo de expresar y, al mismo tiempo, la obligación de expresar.”
“Aceptar una cierta situación y consentir un cierto acto.” Esto es tal vez lo que unió instintivamente a Bram Van Belde y a Beckett. La situación es la del hombre que sabiéndose incapaz de actuar, actúa, sabiéndose incapaz de pintar, pinta, sabiéndose incapaz de escribir, escribe. Ambos, se parecían mucho físicamente, no hablaban más que lo estrictamente necesario, tenían una vocación decidida por el fracaso, como ese otro gran artista del fracaso que fue Buster Keaton, con quien además Beckett comparte su terrible, y en ocasiones hasta espeluznante, sentido del humor. Reírse de los demás es una siniestra y cobarde práctica que dice muy poco de los hombres. Pero hacen falta agallas para reírse de la condición humana. Ser artista, ser escritor, ser pintor, ser actor, es fracasar, aceptar el fracaso, someterse voluntariamente al fracaso y a la risa. En 1946, quizá deberíamos prestar más atención a las fechas, después de un año deambulando literalmente de Londres a París, sin ocupación fija, una noche, los descubrimientos decisivos suelen tener siempre lugar por la noche, o en el camino de Damasco a plena luz del día, tiene una revelación. Está a punto de cumplir cuarenta años. Hasta aquel momento confiaba en el conocimiento, en la inteligencia, en la razón. De pronto comprende su error. Nada nos sostiene. Y empieza a escribir Molloy. Siguen en 1950 Malone muere, Esperando a Godot, El Innombrable, Textos para nada. En cierto modo su canon. El Innombrable fue el primer texto que leí de Beckett. ¿Qué recuerdo hoy de él? Nada. La impresión de estar ante algo desconocido hasta entonces. Ininteligible. Innombrable. La riqueza, la exuberancia de Joyce, de Proust. La pobreza, la precariedad de Beckett.
Beckett, hable de lo que hable, siempre habla de la soledad, de la extrema soledad del hombre, del silencio, de la privación, del fracaso, en una palabra, de la vida. Y habla, lo hace en sus Tres diálogos explícitamente y lo hace en todas sus obras, consigo mismo. El “Yo soy otro” de Rimbaud parece más asumible. Lo que parece más duro es “el otro soy yo” de Beckett. El otro, los otros, no son para él más que un pretexto para seguir hablando sin decir nada, porque lo único que importa es hablar. Y escribir. En el caso de los pintores, pintar, no lo que pinten. Pintar el hecho de pintar. Pintar lo que les impide pintar. Pintores del impedimento (1948) es el otro texto de Beckett que completa este libro.
Digamos ahora unas palabras del sambenito que se le ha colgado a Samuel Beckett de ser el paradigma del absurdo. Cualquiera que haya asistido a la representación de Esperando a Godot, o haya leído la obra atentamente, estará de acuerdo conmigo en que no hay en ella nada absurdo. Más bien lo contrario. Todo es escandalosamente normal. Obscenamente cotidiano. Conozco pocas escenas más cómicamente trágicas que la escena final de Esperando a Godot, en la que Vladimir y Estragon discuten la mejor forma de suicidarse o no suicidarse. Calificar algo de absurdo suele ser una de las maneras de defenderse de ello, de descalificar al rival, de no entrar al trapo. Por lo demás, ¿acaso es menos absurdo ir a la oficina todos los días a la misma hora, leer El país todos los días, y hasta coleccionarlo? A no ser que la lucidez sea absurda. A no ser que los pobres y los miserables sean absurdos. Leo, después de haber escrito esto, que él nunca estuvo de acuerdo con esa denominación, “pues lleva implícita un juicio de valor”.
El mundo y el pantalón (1945) y Pintores del impedimento (1948) fueron los primeros textos que escribió directamente en francés. ¿Textos sobre pintura? Sin duda. Pero también textos que reflejan la original y poco convencional idea que Beckett tenía de la escritura. Beckett, hable de lo que hable, siempre habla de otra cosa. Habla, repitamos, de lo que nos impide hablar, y no es que estemos rizando el rizo, ni Beckett ni yo, todo es de una simplicidad asombrosa, por eso parece complicado. “Una simplicidad de comportamiento, de pensamiento, de expresión.” (Charles Juliet). Por eso el teatro de Beckett les parece a algunos metafísico cuando es puramente físico. Un zapato agujereado simboliza un zapato agujereado, y una cuerda una cuerda, no hay que darle más vueltas. Sobre todo a la cuerda.
Digamos para terminar algo de las dicotomías que rigen nuestro pensamiento desde Platón a nuestros días. Todas las dicotomías son trampas. Incluso la de amor/odio, que parece tan clara, tan obvia, tan evidente, tan elemental, no lo es en absoluto. La mayoría tienen una mera función didáctica, dialéctica les gusta decir a algunos: realidad/ficción, justicia/injusticia, bondad/maldad, optimismo/pesimismo, objetivo/subjetivo, arte figurativo/arte abstracto, cada término de la dicotomía participa del otro, se explica por el otro, pasamos de uno a otro con facilidad, y muchas veces, la mayoría de las veces, los términos coexisten en nosotros. No hay nada puro. La pureza es una aberración, una ilusión, un invento. Todo es incierto y mudable, las verdades pasan a convertirse en mentiras y viceversa con una facilidad pasmosa. Y todo, tarde o temprano, pasa.
La próxima vez fracasaré mejor.

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