Hemingway

En algunos de los mejores pasajes de la obra de Hemingway destacan los finales de los párrafos. Tras un conjunto de líneas más descriptivas que narrativas (mírese por ejemplo su primera novela, Fiesta), surge, como el contrapunto de una fuga, una pequeña frase lírica referida a la noche, al amor, a la tristeza o a la sorpresa ante la aparición, en pleno invierno, de una falsa primavera. Algunas se han convertido en grandes citas de la literatura del siglo XX. Además de la música, para entender la fuerza poética de este sutil recurso, creo que se pueden evocar algunos paisajes impresionistas (por ejemplo los de Utrillo o Sisley) que Hemingway contempló a diario en el Museo del Luxemburgo en la década de los veinte. Uno tiene delante algo reconocible, una riba suavemente moldeada y cubierta de nieve con el agua de un río a sus pies. Pero el pintor ha puesto, sobre la blancura de la nieve, unos ligeros toques de color lila, azul, verde. Son el reflejo del agua que corre hacia el mar, y del sol cuando atardece. Al final, frente a lo que podría ser simplemente real, despunta la belleza de lo real, que resulta de una belleza insuperable. Tanto que, cuando nos alejamos del cuadro, o cerramos el libro, tenemos la impresión de que hemos estado soñando.

Para mi amigo  Antonio MI en su cumpleaños

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