Notas para un diario 275 (McEwan)

La obra de un escritor corre en paralelo a su vida, como las dos orillas de un río, trazando los dibujos más inesperados y las más extrañas figuras. Los mejores críticos han ido describiéndolos en algunos casos: Maurice Nadeau en el caso de Flaubert, Ian Watt en Conrad o Magris en Joseph Roth. Desconozco parte de la obra anterior de McEwan, pero estoy casi seguro de que el escritor de Aldershot está en un momento de plenitud literaria (que no tiene porqué tener un apogeo vital correspondiente). Leo estos días La ley del menor (Anagrama, 2015) y siento el pálpito de uno de esos momentos en los que la escritura roza la perfección. Una juez se ve delante de un caso de conciencia: debe dar la razón, o quitársela, a un hospital que exige realizar, in extremis, una transfusión a un joven con leucemia. Los padres se niegan y, lo peor, el propio enfermo también: son testigos de Jehová. Adam está a pocos meses de cumplir dieciocho años, y parece una persona formada y hasta brillante. Después de oír en el Tribunal los argumentos de las partes, la juez decide, antes de sentenciar, trasladarse en persona al hospital para conocer al causante de la más que compleja disputa legal. La visita es narrada en el capítulo 3. Algo menos de 40 páginas. De una perfección absoluta. Esta es la descripción inicial de la entrada al hospital (olé también por Jaime Zulaika, el traductor): “Entraron (Fiona, la jueza, y una escribiente) en un atrio de cristal tan alto como el edificio. Maduros árboles autóctonos, bastante desnutridos, emergían optimistas desde la explanada, de entre las alegres sillas y mesas de franquicias rivales de café y bocadillos. Más arriba, y después aún más arriba, otros árboles arrancaban desde plataformas de cemento insertadas en voladizo en las paredes curvas. Las plantas más alejadas eran arbustos que se perfilaban contra el tejado de cristal, a noventa metros de altura. Las dos mujeres atravesaron el parquet de color castaño y rebasaron un centro de información y una exposición de arte de niños enfermos. El largo ascenso por una escalera mecánica las llevó a una entreplanta donde había una librería, una floristería, un quiosco de prensa, una tienda de regalos y un centro de negocios situados alrededor de una fuente. Música New Age, etérea y no modulada, se mezclaba con el tintineo del agua. El modelo era, por supuesto, el moderno aeropuerto. Con destinos cambiados. En aquel nivel había pocos signos de enfermedad, ningún equipamiento médico. Los pacientes estaban bien entremezclados con los visitantes y el personal. Aquí y allá había personas en bata con aire desenfadado. Fiona y Marina siguieron letreros escritos con rotulación de autopista. Oncología pediátrica. Medicina nuclear, Flebotomía. Doblaron hacia un pasillo ancho y brillante que las condujo a un rellano de ascensores y subieron en silencio a la novena planta, donde otro pasillo idéntico las encaminó, después de doblar tres veces a la izquierda, hacia Cuidados Intensivos. Sobrepasaron un mural vistoso de unos monos cantando en una selva. Ahora, finalmente, el aire estancado olía a hospital, a comida cocinada y retirada hacía mucho, a antisépticos y, con intensidad más tenue a algo dulce. Ni frutas ni flores.” Qué gran comentario se podría hacer a esta descripción. Su precisión, su sugerente realismo (en esas líneas está todo, comenzando por los cinco sentidos corporales), su fina ironía ascendente, la presencia culminante y soslayada de la muerte en las palabras finales, cada vez menos explícitas. Me encanta ese “por supuesto” al comparar el hall de la casa mortuoria con la funcionalidad de un aeropuerto. ¿Quién habla? Ahí está todo el misterio de la gran literatura.

2 Comments Notas para un diario 275 (McEwan)

  1. Luis 16/02/2016 at 12:07

    Para mi gusto, la mejor novela de McEwan es Expiación.

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  2. Álvaro de la Rica 18/02/2016 at 10:50

    A mí también me parece extraordinaria.

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