¿Universidad, qué universidad?

«Se respiraba una atmósfera de libre investigación, y por eso, se excluía lo que no la ayudaba o lo que le era hostil. Allí se podía distinguir lo que es importante de lo que no lo es. La universidad protegía la tradición, pero no en cuanto tal, sino en cuanto que ésta proporcionaba ejemplos de debates de nivel exclusivamente elevado. Contenía maravillas y hacía posibles amistades basadas sobre la experiencia común de tales maravillas. Sobre todo había allí algunos pensadores verdaderamente grandes, pruebas vivientes de la existencia de la vida especulativa, y cuyas motivaciones no podían ser precipitadamente reducidas a ninguna de aquellas que la gente gusta de considerar universales. Éstos tenían una autoridad que no se basaba sobre el poder, el dinero o la familia, sino sobre una cualidades naturales que, con toda justicia, imponían respeto… Pero vi allí auténticos pensadores que me abrieron mundos nuevos. La sustancia de mi ser ha sido plasmada por libros que he aprendido a amar. Me acompañan cada minuto de cada día de mi vida, haciéndome ver y ser mucho más de lo que habría podido ver y ser si la suerte no me hubiese colocado en una gran universidad en uno de sus momentos más grandes. He tenido maestros y discípulos de esos con los que se sueña. Y, sobre todo, tengo amigos con los cuales compartir pensamientos sobre lo que es la amistad, con los que hay una comunión de almas y en los cuales está activo el bien común del que acabo de hablar… Nunca pensé que la universidad debiera depender de la sociedad que la rodea. En todo caso he pensado y pienso que es la sociedad la que depende de la universidad… Enamorarse de la idea de la universidad no es ninguna locura, porque sólo con ella se puede vislumbrar lo que uno puede llegar a ser. Sin ella todos los espléndidos resultados de la vida especulativa se deslizan hacia el barro primordial, sin poder volver a salir. Las desmitificaciones fáciles de nuestro tiempo no puede destruir su imprescriptible belleza. Pero puede oscurecerla, y de hecho la ha oscurecido» (Allan Bloom, The Closíng of the Amerícan Mind)

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