NOTAS PARA UN DIARIO 269

Por la tarde al Prado a ver a Patinir. Me acerco también al Descendimiento de Pedro de Campaña de la donación Arango. Tiemblo delante del cuerpo exangüe que tiñe el fondo del cielo de un color panza de burro estriado de blanco tiniebla. Cuerpos muertos y figuras vivas. Recuerdo las palabras de Kerstész leídas por la mañana: «Miro esta imagen inmóvil, rígida (las piernas y los brazos tras horas de prendimiento están tiesas como tablas) y noto que se deshilacha hasta lo poco que queda del velo, (da igual cómo lo denominemos, podemos llamarlo costumbre o incluso cultura), del velo, digo, por el que hasta ahora percibía el mundo, y de pronto alcanzo a ver muy lejos, directamente a la nada» (Yo, otro, p. 55). Por la noche veo Io sono l´amore de Tilda Swinton; me había hablado de ella mi amiga Antonia. Pienso de nuevo en la realidad del sueño (después de varias noches de gran intensidad), y me invade la convicción cada vez más fuerte de que las explicaciones psicológicas no captan lo esencial: el sueño no lo produce la mente sino que se produce en la mente, o dicho de otro modo: no es que en el sueño tengamos sensación de realidad, es que lo real puede ser, en la atemporalidad del sueño, por fin, sentido. Es como si pudiésemos vivir instantes en los que la verdad que lo sostiene todo nos embarga con su paz. Como ante le belleza de un cuadro, de una sonata, de unas imágenes de cine, de unas palabras torpes o no pero bien orientadas.

Escriba su comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Website Protected by Spam Master