Notas para un diario 268

Preparando una hipoteca visita a Berlín (he sacado el billete con seguro de reembolso), que pugna en mí con el más absoluto deseo de inmovilidad, con la ayuda de los textos berlineses de Imre Kértesz, que no son pocos ni de poco fuste, leo un escrito sobre «Autodeterminación» que me acaba de convencer de la gran mentira que esconde el nacionalismo: un movimiento que promete una salvación individual por la vía tribal y colectiva. No es para mí, desde luego. Quien ama una lengua, ama todas las lenguas. Hagamos la prueba entre los nacionalistas y el resultado será transparente. Leo mucho y veo exposiciones sobre la Melancolía y el Retrato de anciano del siglo IV en Bellas Artes de Bilbao y encuentro muchas similitudes entre el busto romano y las figuras patéticas del siglo de oro español (con perdón). Muestras mínimas que son una fuente inmensa de placer, de conocimiento, de meditación. Dice Kértesz en otro texto crucial, La lengua exiliada, que si no se suicidó (como Borowski, Celan, Amèry o Primo Levi) fue seguramente porque él (con el estalinismo) no acabo nunca de salir de la experiencia concentracionaria, de modo que carecía del punto de referencia para haber valorado suficientemente su imposibilidad de autodeterminación. No la política, claro, sino la personal, la que no te permite emboscarte en la familia, en la parroquia o en la tribu. Se quedó muy solo, vivió en una lengua prestada, su literatura se volvió anacrónica en un mundo indiferente hacia la verdad individual (aquí su crítica se extiende a occidente), pero él milagrosamente mantuvo la suficiente esperanza como para seguir viviendo y realizando su obra. Pienso que ha merecido la pena.

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