Notas para un diario 265

Mientras escucho a Pete Seeger cantar Forever Young (me gustan cada vez más las voces de viejo: Dylan, el último Cash, Guthrie, Nelson y por supuesto también Cohen, the master of masters, y eso que una amiga me dijo en un taxi camino de la Place des Victoires que la continuidad en la voz era una prueba de la inmortalidad del alma; tú que no crees en el alma… lee algo que merezca la pena, coño, a Platón o a Safo, a Juan de Patmos o a Yeats, que sí que sólo es cuestión de poner un poco de atención te lo puedo jurar) pienso en Navegante, el toro que en Aguascalientes a punto estuvo de llevarse para siempre al maestro Tomás. Parece que ayer volvió por sus fueros el castellano y por su vida a completar una faena redonda en la plaza de su particular resurrección. Creo en ello, más que nunca. En la resurrección de tauromaquia que es la verdadera vida. En jugarse el todo por el todo sabiendo a la vez que te metes en un fregado increíble, uno tan duro que no sabes qué se te hace más presente si la belleza del coso o la angustia de la sombra de muerte que te invade al hacer el paseíllo. La vida como tauromaquia. La felicidad al alcance de la mano. I shall not want. ¿No será, todo lo más, un puñado de polvo?Puede ser pero prefiero como decía Merton pensar que entre las manos el tiempo se me escapa como simiente y no como mero polvo, aunque es verdad que éste puede ser polvo enamorado.

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