Grial. Poética y mito (Victoria Cirlot)

Llevo años tratando de enseñar a los alumnos de Literatura que la Edad Media, lejos de la imagen oscura y bárbara que mantenemos de ella, es un periodo de la historia humana libresco, metódico y muy creativo. Un ejemplo de la capacidad para mezclar con fruto estas tres características es sin duda la breve etapa (apenas media centuria en el límite del siglo XIII) en la que una serie de autores (de Chrétien de Troyes a Robert de Boron, de Wolfram von Eschenbach a algunos otros ilustres anónimos) imaginaron las novelas en torno lo que después se ha conocido como el mito del santo Grial. Por otra parte, también llevo años siguiendo con atención la labor intelectual que Victoria Cirlot ha desarrollado sobre este periodo y sus conexiones con tantos otros asuntos e hitos de la historia del arte y la escritura tanto occidentales como orientales. Su capacidad para la divulgación (animo a leer su delicioso Historia del Caballero Cobarde) y para la investigación (por ejemplo su edición de la biografía y obra de Hildegarda Von Bingen) le han permitido ahora zambullirse en lo que puede ser, por todo lo que implica, algo así como la obra de una vida (y no sólo porque una parte de su tesis central estuviera contenida en su anterior Visión abierta). Me refiero a Grial. Poética y mito (Siruela, 2014), el estudio que ha realizado sobre la creación y el significado del mito del cáliz que en el monte Calvario recogió José de Arimatea con la sangre que brotó del costado de Cristo penetrado por la lanza de Longino. Hay en este volumen una faceta erudita (que pasa por la relectura crítica de los textos originales y de la bibliografía secundaria) que sólo puede ser valorada en una reseña académica, pero no estimo que el libro deba limitarse a ese ámbito. Junto a dicha dimensión, hay otra, acaso no divulgativa pero sí descriptiva y desde luego de hondo calado cultural que bien puede acometerse en el debate periodístico. Sin ánimo de ser exhaustivo, señalaré cinco cosas que este libro propone y que a mí me parecen de valor. Primero, que las grandes creaciones literarias por lo general son colectivas, y ello en varios sentidos de la palabra. Por mucho que un autor (Chrétien en este caso) pueda destacar o no sobre otros (la lógica del arte no es a Dios gracias la de la competición deportiva), su obra se produce en un entorno receptivo, a veces generacional y, sobre todo, se proyecta hacia detrás y hacia delante como fuente o como influencia. Segundo, y en conexión con lo anterior, que lo más importante de la creación poética tiene que ver con el diálogo y la relectura que unos autores hacen de otros (muy especialmente en este caso con las fuentes que Cirlot llama originales, es decir con las Escrituras judeocristianas, pero también la lectura que del genio de la Champagne realizaron otros autores de su generación o de la inmediatamente siguiente). Dicho de otro modo, el arte se realiza más con lo que se sabe que con lo que se ve. Tercero, y esto lo digo yo, que la Biblia es una fuente de metáfora tan potente que cada generación debería reescribirla libremente, cuando no vivirla, entre la canonicidad y una ambigüedad medida que llega hasta la más o menos aparente heterodoxia. Y eso en el convencimiento en que el espíritu nunca mengua. Cuarto, que como ocurre con los desarrollos narrativos en los que se representa el mito del Grial, las diversas artes (el libro se centra en la letra y la imagen gráfica) van fuertemente cogidas de la mano. Otro diálogo que cualquier estudioso y/o creador de la literatura no puede ignorar. Y por último, que en el germen de esa materia prima que es la poética o creación de un mito literario, hay una sustancia que está en el lenguaje pero que acaso lo trasciende. En lo relativo al mito del Grial, se trata de un componente negativo, transparente y abierto: la imposibilidad o indecibilidad del contenido de lo mítico. Su arcano. Una apertura que, según como se mire, también es clausura ya que apunta de modo invariable a la finitud y accidentalidad de lo humano. Por eso, un muro. Y el desvelo del secreto incansablemente buscado acarrea la muerte.

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