Abril (Joseph Roth)

Por aquel entonces Joseph Roth estaba viviendo en el barrio latino de París. Se ganaba bien la vida: sus crónicas parisinas, provenzales, albanesas o polacas eran de lo más apreciadas. Además tenía el mundo en la cabeza, o al menos su parte del mundo: la del judío que prevé el más absoluto de los desastres y que se dispone, como el personaje narrador de esta bellísima historia (Abril. Una historia de amor, Acantilado, 2015), a huir a occidente, en un viaje sin fin, a expensas del viento cruel de una historia que siempre le ha sido adversa. Huye para sobrevivir y se detiene – en este caso desde mediados de abril hasta el final de mayo– en una de las intercambiables ciudades cristianas en las que se lo pone cara de payaso, llegando a sentir vergüenza ajena por todo lo suyo, incluido él mismo, lo que por lo demás no le impide tampoco ir sembrando el amor y recogiendo a destiempo sus frutos agridulces. Desconocía Joseph Roth, como lo ignoraban sus pares Kafka o Singer, a qué punto sus escritos (y éste es especialmente nebuloso como lo son El Castillo o La destrucción de Kreshev) iban a resultar proféticos. Como ha explicado mejor que nadie Claudio Magris en su épico y visionario Lejos de dónde, a la altura de 1925, cuando ya había propuesto la instauración de una única nación europea sin los alemanes, un Roth que tenía según él “cuatro o cinco lectores” en tierras germanas y cientos de miles en Rusia, estaba metido en varios empeños de naturaleza bifronte, política y poética, singularmente su Judíos errantes que desde mi punto de vista, en lo esencial, está contenido en las pocas páginas de esta mágica historia (en la foto Roth y su mujer Friedl en Provenza en 1925)

 

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