Notas para un diario 262

Homenaje a MJH.

Creíamos en la inspiración. O en el entusiasmo. Creíamos en lo orgánico. En lo que nace desde dentro, como una luz. Creíamos en la amistad. Creíamos en el sentido de la proporción. En lo pequeño. Liberales y republicanos a la vez, nosotros éramos partidarios del rey David. Hoy más que nunca. Creíamos en el “reino de la no-cantidad”. Y en el espíritu que, por ser jerárquico, abomina del poder ejercido sin auctoritas. Casi nunca teníamos razón. Éramos torpes, pero estábamos bien orientados. Éramos como un tentempié. Creíamos en la memoria y en la imaginación, con la libertad una estrella de tres puntas en el cielo azul de lo infinito. Creíamos en lo que fuere que los griegos vieron en Egipto. Hijos de David, también nosotros creíamos en la alegría y en el baile. Creíamos en la incertidumbre de la que nos habló, largo y tendido, el profesor que murió quijotescamente dando clase. Sin ser iconodulios, creíamos en la silenciosa pintura. Y no admitíamos ninguna clase de derrotas póstumas. Creíamos que la vida tenía dos flancos: uno amargo y otro dulce, que como una matriz estrechan sus paredes sobre las pobres vidas de los hombres, estrujándolos para que den hasta la última gota de jugo. Y en esto vaya si acertamos. Creíamos en lo innombrable. Procurábamos ir por detrás, nunca por delante. Creíamos en las ciudades visibles y en las invisibles. Ur, Babel, Samaracanda o la Jerusalem celeste. Creíamos que nada ocurre si no se produce una salida. A veces en plena noche. Un cambio de piel. Una metamorfosis. Y, que no te quepa duda, lector, seguimos creyendo…

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