Jaume Vallcorba, in memoriam

“Yo he dejado el alcohol”, me decía, pero, “cuando vayas a un buen supermercado o a una vinoteca, hazme el favor de fijarte en cuántos whiskys diferentes te encuentras, y cuantos cognacs”. Por entonces, yo bebía Delamain, y, asombrado por la inmensa gama de whiskys, fue como empecé a apreciar el espirituoso escocés. En cambio, insistía Jaume, ya le he dicho al médico que me puede poner la dieta que quiera, por estricta que sea, pero que no pienso dejar de beber vino. Recuerdo una vez que cenamos con Imre Kértesz y Jaume nos había ofrecido a sus comensales tres botellas de Chateau Lafite Rotshchild (entre judíos andaba el juego) y resulta que las tres botellas se agotaron, una tras otra. Entonces se le ocurrió (sabía lo que hacía) abrir un Priorat de Álvaro Palacios que sacó de un cuartucho que había acondicionado en casa para guardar las mejores bebidas y viandas. Nadie notó el cambio: si acaso, como en las bodas de Caná de Galilea, todos comentamos que Jaume había dejado lo mejor para el final. Él se reía con esa picardía infantil con la que se emocionaba a tope cuando veía a sus amigos disfrutar de lo lindo. Era un maestro de la risa, como lo fue Josif Brodsky, según ha contado el gran Adam Zagayewski en un reciente artículo necrológico. A mí Jaume me enseñó, también, a fumar puros Habanos. Yo solía fumar puros Davidoff (y sigo haciéndolo), pero él me demostró que eran mucho mejores los Epicure nº 2 (Hoyo de Monterrey). Y tenía toda la razón. Además me enseñó que no había que dejar caer la ceniza a propósito, que era mejor esperar a que cayera por su propio peso: de ese modo se guardaba el calor necesario para que el puro no se apagara. Y así pasábamos las veladas, hablando de mujeres y de libros. Horas y horas en aquella diminuta cocina de baldosín blanco, bien surtida y dispuesta siempre para la hospitalidad. Hablábamos mucho de Kafka y de Dante. De lo poco hermético que le parecía éste y de lo mucho que me lo parecía a mí. Él lo veía más claro, con su conocimiento de los trovadours y del dolce stil nouvo. Le gustaba recitarlo en el original toscano. Hacía inflexiones con la voz. De Kafka sabía mucho menos. Me hablaba también de su padre y de su madre. Con emoción. Con un dolor cierto. Un día me confesó que por fin estaba preparado para amar a una mujer. Y así continuamos viéndonos hasta que ya no fue posible, entre nosotros, ni siquiera hablar. Mais à quoi bon parler de ça? Me da lo mismo: yo sólo quiero dejar constancia aquí de que Jaume fue un maestro para mí. He pensado mucho en él desde que se produjo su muerte, y estoy lejos, muy lejos, de darme a mí mismo una fácil y larga absolución por aquel obstinado silencio.

1 Comment Jaume Vallcorba, in memoriam

  1. Joseluís G 02/11/2014 at 08:00

    Si no has publicado en un medio impreso o digital esta maravilla de artículo, es para matarte a collejas, Álvaro. Y gracias por descubrir lo último de Barnes. Un abrazo.

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