Palais de Justice (José Ángel Valente)

No hay duda de que José Ángel Valente escribió un libro que él mismo compuso, finalizó y tituló Palais de Justice. Por razones personales, y aunque se publicaron en vida del autor algunos fragmentos, él no quiso que el libro viera la luz pública hasta que se produjeran determinadas circunstancias familiares que, por lo visto, según los responsables de su legado literario, ya se han dado. El pacto de lectura, por lo tanto, está bien claro, aunque he de confesar que, mientras leía el intenso, bello, doloroso contenido, como había pospuesto la lectura informativa del prólogo, temeroso de que condicionara mi acceso al libro, no tenía claro que realmente eso fuese así. El libro me parecía que transitaba peligrosa, tentativamente, entre la ficción y la autobiografía, y, la verdad, no hubiera perdonado a sus albaceas que, de no ser como es una obra acabada, hubieran cometido la profanación que me temía. Tal vez me hubiera bastado un mayor grado de discreción, por parte de todos los implicados en la edición, en cuanto a la circunstancia que pudiera (eso nunca se puede dar por supuesto) estar en el horizonte existencial de este magnífico libro. Personalmente, pienso omitirlo.

¿Qué veo yo en Palais de Justice? Veo mucho, todo, más de lo que puedo ahora señalar, porque es uno de esos textos – alta literatura– que requieren, sin dudarlo, una lectura de cerca. Cerca e ri-cerca, que dicen los italianos. Una lectura hecha de atención y poesía. Una quest, una búsqueda paralela al texto, que indague en sus conexiones gramáticas y semánticas, que proponga un orden: principio u origen (a mí me da igual la circunstancia, porque transitar por ese camino no sería otra cosa que extraviarse), medio (fundamentalmente aquí lo que une la amalgama de los cristales y espejos rotos del amor, de la esperanza y la desilusión, es el sueño o mejor la atmósfera de un sueño, el sueño que es toda la vida) y el fin (una finalidad sin fin definida en términos negativos por el narrador con la fórmula platónica “engendrar belleza en su interior”, página 25, como motivo de alegría).

Veo, cómo no, mucho a Kafka, a Molinos y a Eckhart, a Zambrano y hasta a Bergamín (o al menos su lectura de Calderón y de Bocángel). Veo a Blanchot. Y a Celan. Veo a todos y no veo a nadie. Ulises. Vuelta a sí mismo desde la memoria del tiempo. Veo el siglo XX con sus cámaras de gas. Veo la máquina célibe. Desde un tren en el que sólo se ve lo que ya no se ve porque ha pasado de largo, raudo, como el ser que no es. Bello libro. Libro duro. Testamento de un lógico, de hombre de palabra, de logos.

 

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