No te vayas sin mí: ¿una historia de fe?

Me llegó hace pocos días este escrito de una antigua alumna (María Eugenia Martín Lorenzo), y no me he resistido (con su permiso) a reproducirlo. Por la agudeza de sus comentarios, por su habilidad para leer, y por el modo en el que se centra en cuestiones clave del libro, merece la pena darlo a conocer.

 

Terminado. Todo se acaba, como el verano. Tres lecturas y doble subrayado. Está el libro hecho un cromo. Para un artista –así lo he pensado estos días– debe ser agotador “el parto de la criatura” y el “postparto”. Llevar esta historia en la cabeza las 24 horas del día, durante semanas, meses, no debe ser fácil.

Muchas veces he pensado en algo que me dijiste hace años: “Tienes un pensamiento desarbolado”. Confieso que en su día me enfadé mucho con tu comentario, pero con el tiempo he comprobado que es muy cierto. Me pasa con cosas que leo, que veo o que escucho: mi cabeza empieza a construir puentes y conexiones, con otras cosas que he visto o leído o escuchado antes, muchas veces estableciendo relaciones quizá donde no hay nada… Pero como te he prometido escribirte lo que el libro me ha sugerido, tendrás que tener paciencia si no soy capaz de darle coherencia y orden a este escrito, porque las ramas de este árbol son abundantes.

He leído algunas críticas o comentarios de tu novela. No me detendré en lo que ya han comentado otros. Yo me he ido a otras cosas. A lo mejor son más tangenciales, no lo sé, pero son las que a mí me han dado que pensar. Conforme leía y releía, nuevos significados, o revelaciones, encontraba. Me he visto a mí misma descendiendo, descendiendo, descendiendo. En ocasiones, ya ni siquiera era leyendo, sino en medio del trabajo, o haciendo otras cosas, zas, una nueva luz, un nuevo hallazgo.

En esta novela, tal y como te oí decir muchas veces respecto a otros libros, es en lo oscuro donde destaca la luz, es en el horror donde brilla lo hermoso, aunque sea por ausencia. En el caso de Jacob y Claire, su historia (¿de amor? ¿de culpa? ¿de ansia de redención?), con toda su imperfección, con todas sus carencias -pues así somos los hombres- subraya con más fuerza el dolor de estar muy lejos del amor debido.

Decía tu dedicatoria que era una “historia de fe”. Al principio no lo entendí. ¿Fe? ¿Dónde? Más bien -pensé yo- descreimiento, nihilismo. Pero, aparte de que en esas negaciones (de creer, de la existencia del alma) esté presente la fe de alguna manera, es cierto que las referencias a Dios son constantes. El mismo arranque, la primera palabra, el título del primer capítulo, apunta en esa dirección. “Todesbanden”. No sé alemán. Mi cuñado, que vivió en Munich mucho tiempo, me dijo que era una palabra compuesta: “vendas” y “muerte”. (Las vendas ensangrentadas de Hannah). Luego lo busqué en Internet, y apareció el nombre de Bach, y también de Lutero. Un himno Pascual a Cristo amortajado. Viernes Santo, preludio de la Pascua. El color malva. Cristo sepultado, en la oscuridad, a la espera de volver a la vida.

Igual que Jacob, que le confiesa en su carta a Claire haber muerto. Que pasea errante por las ciudades con el pensamiento lejos de todo (“estaba allí y a la vez no estaba en ninguna parte”). Que es en otro túnel y en otra cavidad, una capilla, inserta en un edificio que parece una “tumba micénica”, donde se le revela la contradicción y la falta de comprensión de lo que está narrando.

 

 ***

Cristo yacente, como Agnes tirada en el suelo de la cocina (“consciente, pero no respondía a ningún estímulo exterior”), como Hannah (“lo más parecido a Cristo que hay en esta tierra”), como Claire, desvanecida, lejos de sí misma y de todo, tanto en la iglesia de Cracovia (“transportada a un mundo fuera del mundo”; “como una sombra en medio de la nada”; “sin pensar ni creer en nada, como una vela apagada”) como en el hospital (“cuando cerraron las puertas de la ambulancia pensé que cerraban un féretro sobre mi rostro”). Personajes dolientes que cargan con un sufrimiento, a la espera de ser ¿redimidos, sanados, perdonados? Ojo a la escena de Jacob y Claire rezando juntos.

 

***

Es una “historia de amor, me decías también en la dedicatoria. Te confieso que cuando leí “La tercera persona” me quedé bastante perpleja. Aparte de otras cosas presentes en la novela, el hecho del adulterio me impacta siempre, porque tengo varias historias a mi alrededor, llenas de desamor, de ruptura y de dolor, con hijos pequeños de por medio. Encontrarte a ti escribiendo sobre este tema me desconcertó. No encontré amor por ningún lado. No entendí nada, más bien. También tuve que releerlo varias veces. Una amiga, que también estudió Periodismo y que te conocía, me escribió contándome que había leído el libro y que tampoco lo entendía… Oye, qué duro es conocerte, leerte y no entenderte… Digo duro para nuestra “soberbia”, de creernos muy intelectuales, y estas cosas tan divertidas, de estar convencidos de que siempre lo entendemos todo… Al menos para mí y para esa amiga. Quizás es que estamos habituados a leer de un modo muy lineal, con un sentido muy evidente y muy directo de las cosas. Cuando el sentido se oscurece, nos desconcertamos, porque no lo dominamos.

Todo esto venía a cuento por lo de la historia de amor. El haber publicado las nueve historias me ha sido de gran ayuda. He podido entender más cosas. Todavía no sé qué es lo que hay entre Jacob y Claire. Da igual el nombre. La cuestión es que el amor (también el desamor), en la novela, tiene muchas caras o se vislumbra en muchas escenas. ¡Qué belleza la del pasaje de Isaías sobre la Desamparada, la Desolada, la Desposada y la Deseada! El simbolismo nupcial. El cambio de nombre. Pasar de la soledad y el abandono más absolutos a la ternura y a la felicidad. Para el profeta, Dios ha hecho su elección. ¡Y cómo parece cerrarse el círculo respecto a lo que, páginas atrás, ocurre entre Jacob y Ori: “y en algún momento tendrás que elegir, del mismo modo que tú y yo hemos sido elegidos por alguien”.

Y continúa el narrador:

“No contestó nada. Se limitó a repetir que estas cosas pasaban, y que mirase a Hannah, su querida hermana, que mirase atentamente el sufrimiento de Hannah. Jacob no fue capaz de hilar una relación entre ambas cosas”.

¿Quién sufre el mayor de los desamparos, el mayor de los abandonos? Cristo doliente, rostro también del perdón y del amor hasta el final.

Después de su encuentro con Tamara, Jacob percibe que en el relato bíblico hay algún tipo de mensaje para su vida: “Necesitaba leerlo más veces, escrutarlo palabra por palabra para descifrar su significado (…) volvería a leer aquello e intentaría llegar hasta el fondo del mensaje para quedarse en paz consigo mismo”.

La confusión de Jacob respecto a lo que le sucede está presente a lo largo de toda la novela: “Me parece que estoy viviendo una pesadilla. A ver cómo me explico”; “Como te puedes imaginar, no salgo de mi asombro (…) no sé muy bien qué decir ni cómo debo reaccionar”; “se veía a sí mismo estático y en el medio, sin poder hacer nada en favor de nadie”; etc. Y el final: “Aquello no parecía tener ni principio ni medio ni fin. No era capaz de establecer la menor relación entre unas cosas y otras”.

El final de la conferencia, una conferencia sobre el amor, le revela a Jacob que no puede proferir una palabra más sobre el tema. Ya ni siquiera es capaz de mantener, con sentido, una narración sobre el núcleo de la vida, de su propia vida. ¿Por qué? ¿Ha sido a través de la narración de esas tres historias donde se le ha revelado la falta de sentido de su vida, como les ocurre a alguno de los personajes de esas historias? (Abro un paréntesis: estaría genial entender por lo que está pasando Jacob durante la conferencia… Sobre “Los muertos”, no hay problema, porque me lo has explicado tú, bueno, a mucha gente, en un seminario. Ahí ok. Sobre “Catedral”, ya sabemos que se me atragantó, porque era, es y seguirá siendo algo absolutamente misterioso para mí. La cuestión es que no he visto ni “Te querré siempre” ni “Eyes Wide Shut”. Supongo que la primera hay que verla, sí o sí. Ya me dirás de la segunda. Tengo un “estómago visual delicado”. Si es “complicada” de ver, ya me dirás).

Volviendo al tema de la narración, es obvio que Jacob percibe su propia disgregación como individuo, su disolución. Porque la noción clásica del propio tiempo, se desvanece. Claire afirma: “No se deben aventurar profecías, ni tener deseos ni componer plegarias”; y Jacob explica: “Exacto, todo ha sido escrito o dicho antes de que ocurra, y al mismo tiempo ocurre para que pueda haber sido escrito: el tiempo lineal y sucesivo no rige en este plano de la realidad: el tiempo, más bien, va hacia atrás”.

La identidad, que también se compone de tiempo y de futuro (“Ambos habían soslayado el futuro”), está rota, fragmentada (“¿Dónde he estado todo ese tiempo? ¿Quién soy yo ahora? ¿Quién era antes? A veces pienso que he vivido en los tres estados de la vida: viva, muerta y resucitada. ¿Sabes lo que significa perder la unidad del curso de la vida?”). El mismo concepto de tiempo lineal está hecho añicos. Y ha sido así porque la relación de Jacob con Claire ha proyectado sus efectos no solo hacia el futuro, sino también hacia el pasado: “Proyectada alternativamente hacia adelante y hacia atrás, también condicionó todo lo que les ocurría a Agnes, a sus dos hijas, a Ori, y, por supuesto, sobre todas ellas, a Claire”.

La ley y la culpa sería otro tema interesante para desarrollar: “Tienes miedo a pecar, a infringir la ley, a condenarte”. “Debía recuperar lo que le quedaba de vida”.

Y luego está el papel de los otros personajes, envueltos en la penumbra del ¿sueño? y que también intervienen en la vida de Jacob, como tres presencias proféticas, desveladoras de significado: Moïra, Ori, Tamara (“vigilo para que lo que tenga que ocurrir, ocurra”).

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