Patrick Leigh Fermor: a life

La vida de Patrick Leigh Fermor que ha escrito Artemis Cooper (RBA, 2014) me devuelve todo mi escepticismo hacia el género biográfico, precisamente porque, desde el punto de vista del género, se trata de un trabajo aceptable. Yo he pasado algunas horas leyéndolo (son casi 600 páginas), tenía un interés máximo en la persona de la que se habla, pero no creo que ahora sepa realmente nada más, de carácter significativo, acerca de P.L.F, que no supiera antes de emprender la lectura. Encuentro mucho más en cualquiera de los párrafos de sus magníficos libros que en cientos de páginas sosas como éstas. No hay interpretación, no hay hipótesis, no utiliza la ficción necesaria para contar una vida.

P.L.F. nació en el seno de una familia inglesa de clase media más bien rota. Sus padres no se entendían y durante la infancia del escritor hicieron todo lo posible por no vivir juntos. De hecho, durante algunas temporadas, el niño fue dejado en manos de una familia que le cuidó en el campo por encargo de los padres. De ahí pasó a varios colegios e internados, de los que más pronto que tarde salíó rebotado. Pretendió, en su primera juventud, ser militar pero no se trató de un intento sostenido. Sólo la literatura le tentaba, por entonces de lejos, y, en plena indecisión, durante algún tiempo se dedicó al dolce far niente en el Londres de entre-guerras. Asqueado de sí mismo (siempre tuvo un sexto sentido moral y psicológico acerca de sus auténticas necesidades espirituales), decide salir del país, y se traza en la mente y en el mapa una ruta asombrosa: pretende cubrir los más de 2500 km que distan desde las costas de Holanda hasta Constantinopla a pié. Lo más asombroso de todo es que en efecto lo realizó, quedando para siempre marcado con los preciosos estigmas de la extranjería, de la curiosidad y de la gratitud (a la vida, a los demás). Finalizado el viaje, en el que empleó desde el 8 de diciembre del año 33 hasta el 1 de enero de 1935, se dirigió a Grecia, el país que adoptaría como su espacio vital, y se enamoró de una mujer mucho mayor que él, una princesa rumana, con la que vive varios años, para disgusto de su madre, que se sintió preterida y que alejándose de él alejó de Paddy el poco sentido que le quedaba del valor de la familia de sangre.

En cambio, desde entonces, comenzando con la persona de su amante Balasha Cantacuzène, el escritor fue tejiendo una tupida red de amistades que a lo largo de su intensa vida lo acompañaron siempre en los momentos buenos y en los malos, con una absoluta fidelidad voluntaria. Ésa es sin duda una de las líneas rectoras de la vida de Leigh Fermor: su capacidad para la amistad, con los más sencillos, con personas de la aristocracia, con sus compañeros de armas (ingleses y cretenses con los que defendió la isla de Creta de la dominación alemana) y, no menos importante, con un selecto grupo de intelectuales, entre los que se encontraron el poeta Dylan Thomas, Robert Byron, Steven Runciman, Peter Quennell, Maurice Bowra, Cyrill Connolly, Lawrence Durrell, Stephen Spender, Giorgos Seferis, Bruce Chatwin, Nicolas Bouvier o Colin Thubron. La lista es lo suficientemente impresionante como para despejar en su caso el siempre sospechoso fantasma del auto-didactismo. En el primer viaje europeo Leigh Fermor quedó asimismo vacunado contra cualquier forma de totalitarismo, a los que combatió de por vida (primero contra los nazis, en Creta, y más tarde, en Grecia, contra los comunistas que llegaron a colocar una bomba años más tarde en los bajos de su coche).

Como en la vida cualquiera, en la de P.L.F el amor y la religión jugaron un papel decisivo, no obstante en su caso de difícil definición, y que desde luego estuvo trenzado con su obra escrita. Paddy comprendió como pocos lo que llamamos la tradición occidental (precisamente porque estudió a fondo las raíces orientales, griegas y bizantinas de donde procedía; sugiero en este punto leer el capítulo que dedica en Mani, unos de sus dos trabajos sobre la cultura griega, a la importancia y significación de los iconos) y de alguna forma anheló ya desde niño el sentido de totalidad a que toda religión aspira. Ese mismo deseo vital de plenitud le encaminó con pasión al erotismo, desplegando a lo largo del tiempo intensas relaciones con varias mujeres, no siempre de modo sucesivo, en las que intentó aliviar una sed de amor que no se apagó un solo instante en sus noventa y muchos años de vida.

Este mismo verano se ha publicado, también de la mano de Artemis Cooper, El último tramo (RBA, 2014),  “The Broken Road” en la edición inglesa. Se supone que se trata de la tercera parte de la inexistente trilogía acerca de su viaje europeo. Primero apareció El tiempo de los regalos, después Entre los bosques y el agua, y por fin tenemos esto. Las cosas no son así, y es bueno saberlo (de hecho cualquiera que lea el conjunto del material se va a dar cuenta a la primera). Este último volumen contiene dos textos heterogéneos (algo así como la primera tentativa de narración del viaje, preparatoria y errática, más un diario extraído del viaje que realizó tras la llegada a Estambul por el estado monástico del Monte Athos) , que no son en modo alguno la continuación de las dos obras maestras publicadas en vida por Patrick Leigh Fermor. Artemis Cooper se pregunta en la introducción si el escritor hubiera deseado que se publicaran y responde con un rotundo “no”. De hecho ella misma añade una frase contradictoria: “Tal vez El último tramo no sea exactamente el “tercer volumen” que tanto le atormentó, pero al menos sí tiene la forma y la esencia del libro prometido, y aquí es donde debe detenerse su viaje”. Ignoro qué entiende por las nobles palabras de “forma” y “esencia” porque justamente es de lo que The Broken Road carece. Y alucino que, en un gesto que me parece si no tiránico al menos sí muy arrogante, pretenda poner el fin del viaje literario de Paddy donde a ella le place.

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