Libros proféticos (William Blake)

El primer gesto que tuvo la editorial Atalanta al publicar los dos volúmenes con los Libros Proféticos de William Blake (Atalanta) fue el de presentar antes, como si se tratara de un precursor necesario, el estudio de Kathleen Raine sobre el poeta. Eso ha permitido a los lectores más curiosos y atentos zambullirse a placer en la lectura de los nuevos libros de Blake que, en dos volúmenes extraordinarios, han visto la luz en los últimos meses. A ese gesto inicial, a la hora de ofrecer los Libros Proféticos, se ha sumado, en la presente edición, un rasgo doble que al propio Blake le hubiera satisfecho. Primero, y más evidente, el haber incorporado al texto bilingüe una larga muestra de las planchas con las que el poeta y grabador inglés ilustraba, mejor dicho maridaba, su poesía. En no pocas ocasiones expresó la intrínseca unidad de ambos lenguajes que, en su potente imaginación, constituían una fuente doble. Segundo, el hecho también evidente (aunque no por ello debiera darse por descontado) de que la edición (como hiciera también un poeta que aspiraba estrictamente a la perfección en todo lo que ofrecía) ha sido elaborada con un cuidado extremo.

¿Quién es Blake? ¿Qué son, dentro de su obra, los Libros Proféticos? ¿Qué significa en realidad, y en particular en el ámbito poético o artístico, una profecía? ¿Por qué debería uno leer a Blake? Trataré brevemente de responder a estas cuestiones, y, dada la amplitud y complejidad del tema, añadiré algunas sugerencias bibliográficas por si pudieran ser útiles.

William Blake es uno de los más grandes poetas de todos los tiempos, que vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX, que, en buena medida, introdujo en el mundo anglosajón el Romanticismo continental y que ha sido un punto de referencia decisivo también en los más grandes autores del siglo XX: Yeats, Eliot o Joyce, por citar sólo a algunos de su misma lengua. Se ha diferenciado, con una cierta razón, una parte de su poesía, en concreto los poemas de dos series tituladas Cantos de Inocencia y Cantos de Experiencia, de su obra denominada propiamente profética (una producción amplísima, compuesta por una docena larga de libros en general extensos, alegóricos, que tienen en común su carácter y su tono visionario, teológico, de paráfrasis o reinterpretación bíblico-apocalíptica mezclada con lo mejor de la tradición anglo-sajona). Pero una cosa es distinguir y otra muy distinta oponer. De entrada ambas supuestas partes coinciden cronológicamente en su elaboración. Yo pienso que, del mismo modo que los Cantos de Experiencia doblan los Cantos de Inocencia, resaltando la contradicción de una primera etapa del ser humano, que puede coincidir con lo que denominamos infancia, y del desarrollo posterior en el que la vida se parece más a un jardín con senderos que se bifurcan, o sea, en el que cada quien opta por el camino arduo (el de la imaginación creadora y la bondad) o por el camino trillado de lo falso, lo estático y lo convencional. Pues bien, los Libros Proféticos tratan de ofrecer toda una cosmovisión que justifique la opción fundamental que Blake realiza en su vida en favor del de la libertad en el amor, de la creatividad y de la paz. Sólo así se entiende el aserto elemental, pero no por ello menos olvidado, de que no hay profeta ni profecía si ésta se limita a señalar la catástrofe. No. El profeta por definición, además de advertir del horror, tiene que señalar la auténtica motivación de la conversión que no es otra que la reordenación en el bien.

Por último, tres recomendaciones para acompañar el inmenso placer que supone leer los Libros Proféticos de Blake en semejante edición, además de la ya adelantada de Kathleen Raine. Chesterton (Ediciones Espuela de Plata, 2007) escribió una biografía de lo más empática con el personaje. Un tanto escorada hacia su ideología pero realmente una excelente introducción de conjunto al misterioso poeta. Dos, el ensayo que C.M. Bowra dedicó a Blake en su libro La imaginación romántica. A must!  Y por último no dejaría de asomarme a la exégesis tan precisa como extrema que realizara Pierre Boutang en su William Blake (Ed. L´Herne).

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