Ana María Matute (1925-2014)

Ha muerto, a los ochenta y ocho años de edad, Ana María Matute, la última superviviente, o casi, de la primera generación de escritores, y escritoras, realistas de la postguerra civil española. Tres (Cela, Delibes, Ferlosio) y tres (Laforet, Martín Gaite y ella, la Matute). Yo veo así la narrativa en lengua castellana escrita en España en esa época, las décadas 50, 60 y 70 del siglo pasado (por entonces estaba despuntando en paralelo la otra gran literatura en español, la latinoamericana). La vislumbro así, a Ana María Matute, entre sus colegas de generación, destacando en algunas cosas, careciendo de otras, pero solidaria con lo que enfrentaron todos ellos en conjunto. Tuvieron delante un muro: un lastre insalvable de mediocridad paleta, de falta de libertad, de formación más bien escasa y centrípeta, con unos horizontes chatos y marcados desde fuera. La alargada sombra de una guerra infausta. Ya sé que hubo otra gente notable (Aldecoa, Zúñiga, Luis Martín Santos, García Hortelano, etc), pero ese núcleo de tres y tres para mí conforma un todo, eso sí un todo lleno de matices con unos polos de atracción, de intensidad y de fuerza relativamente movibles.
Lo primero que me llama la atención es, y tal vez ahí se sitúe una de las claves de ese realismo (y de paso, de su medida como generación literaria), el modo en el que la polaridad masculinidad-feminidad quedó marcada en exceso para todos aquellos escritores. Cada una de esas seis trayectorias se adscribía, irremediablemente, al sexo de su autor correspondiente, y así todos nos quedábamos contentos: ¿cómo va a escribir si no un hombre, un Cela por ejemplo, o un Delibes? (y eso que este último bordó desde dentro algunos personajes femeninos). ¿Y ellas? Pues otro tanto: parecían destinadas a recordarnos, con su prosa sensible, con la adjetivación y hasta con el punto de vista adoptado que ése era el modo en el que una mujer sentía, vivía y escribía que vivía. ¿Y es que acaso podría haber sido de otro modo? Claro que sí, pero no es el tema de este breve artículo.
“Cuando desperté, aún sin abrir los ojos, noté que no estaba sola. Sentía un roce, un murmullo como de alas. Lentamente abrí los párpados, con la cabeza vuelta hacia la pared, inundada de un resplandor amarillo. El sol entraba a franjas por aquellas persianas que me angustiaban, porque no se podían cerrar. (La primera mañana que desperté en aquella habitación, al entrar la luz perlada del alba por las rendijas, me levanté, fui a cerrarlas, y no pude; sentí un gran ahogo, y, desde entonces, me costó mucho acostumbrarme al amanecer.)”
Sirva éste párrafo de muestra. Tiene un tinte kafkiano. Pertenece a Primera memoria, que a su vez conforma con Los soldados lloran de noche y La Trama la trilogía “Los mercaderes”, tal vez su mayor logro novelístico. Y de varios modos refleja la insularidad de Ana María Matute. No sólo porque la acción se ubique en una isla, no sólo ni principalmente. Alguien llega a un lugar, aislado sí, pero llega tarde o a destiempo. No se ubica. Ni siquiera puede ajustar bien la vista. Odia el sol, porque le acosa y le ciega. No logra sestear con paz en una sombra. Sólo se salva, la realidad cegadora, por la palabra que la rescata, aunque sea para tomarla con suavidad de la mano y meterla en una cueva solitaria (el propio corazón). Más tarde el personaje se preguntará, y cito de memoria, ¿qué clase de monstruo soy yo? No me parece improbable que Ana María Matute, que sentía que había llegado tarde y al lugar equivocado, por más soleado que a los demás les pareciera, que rescató con bellas palabras cuanto de realidad pudo, se hiciera muchas veces esa pregunta: ¿qué clase de monstruo soy yo? De ese lúcido cuestionamiento surgió la otra vena, menos realista, de su obra literaria: la indagación en el mundo mal llamado de la fantasía. El mundo de la gloriosa imaginación, la que en manos de una gran artista como fue ella podía, al menos mientras dure una lectura, rescatar al ser humano del muro, de la sombra y de la guerra.

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