Notas para un diario 260

Como sabía que me interesan las historias de espejos, en la vida, en el arte y en la literatura, me cuenta una amiga que en cierta ocasión se reunieron unos expertos en pintura en un laboratorio con el fin de analizar la composición química del color blanco en los cuadros de Johannes Vermeer; desde hacía tiempo venían estudiándolo convencidos de que esa blancura (presente por no decir central en lo mejor de su obra) escondía una clave secreta. La realidad es que más de uno de entre ellos se había percatado sólo con el ojo de que se trataba de un blanco distinto de otros como por ejemplo el utilizado por Chardin. Sometieron algunas pinturas de Vermeer a todo tipo de pruebas y hallaron que allí donde resplandecía el blanco había presencia de oro. Siguieron estudiando y descubrieron que la técnica del maestro consistía en pintar el blanco sobre una capa dorada, de modo que el metal precioso hacía de espejo para que el color resaltara aún más. También me contó que Vermeer no compartió con sus discípulos y ayudantes esa sutileza técnica.

P.S. La imagen es un detalle del cuadro Mujer con sirvienta sosteniendo una carta (c. 1667). Esta maravilla se encuentra en la Frick Collection de Nueva York.

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