Josef Albers

Vassily Kandinsky, que además de un gran pintor era una mente teórica y crítica de lo más precisa, definió el valor de los trabajos de Josef Albers con cuatro notas: “inventiva artística, composición clara y convincente, medios simples pero eficaces; y, por último, técnica perfecta.” Dore Ashton, a mi juicio la crítica de pintura más sobresaliente de las últimas cuatro décadas, señaló a propósito de las “reconsideraciones obsesivas” de su Homenaje al cuadrado que el arte de Albers “se evalúa mejor visual que verbalmente”. Albers, añadió, “pinta cuadros, pero con su fijación obsesiva, pinta algo más que cuadros”. Sobre esa serie cuasi infinita sobre el cuadrado, el propio Albers manifestó  que su investigación pictórica, tenazmente realizada, proclamaba “la autonomía del color como medio de organización plástica”; algo apuntado ya por Goethe en su disertación sobre los colores, en su caso no sólo para la dimensión pictórica sino para toda una teoría de la percepción humana a través de aquello que se ve. Albers ( llegó a afirmar que prefería “ver con los ojos cerrados”) parece contestar al poeta cuando afirma en una proposición devenid a célebre que “la fuente del arte es la discrepancia entre el hecho físico y el efecto psíquico”. En el arte no existe el final, tan solo la mera presencia. La realización como autorrealización. Cézanne. Albers.

P. S Estas consideraciones en mosaico las he escrito sobre todo hojeando el catálogo de la muestra. Me atrevo a señalar que es uno de los diez mejores catálogos de autor que he llegado a ver. Entre las producciones de Albers me apasionan las “mesas nido”.

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