Ida

De una manera tan indirecta como eficaz, Ida nos introduce en lo que para mí es uno de los grandes ejes de la historia del siglo XX: la relación entre judaísmo y cristianismo en el contexto de ambos totalitarismos. Unos campesinos polacos protegen a un matrimonio judío y a sus dos hijos pequeños de la persecución nazi. Son sus vecinos y los aprecian. Durante un tiempo, y con riesgo para sus vidas, los esconden en el bosque y les llevan de comer. Llega la “solución final” a partir del año 42 y (¿a petición de los propios judíos? ¿por miedo a ser represaliados? ¿para quedarse con las propiedades de las víctimas?) los asesinan. De los dos pequeños, salvan a la niña (Ida) y no así a su hermano, de piel oscura, varón circuncidado y por tanto sujeto a un más que previsible asesinato en los campos de la muerte. Entregan a la pequeña a un sacerdote que la interna en un orfanato. Queda con vida una tía que lucha con los comunistas y que tras la guerra, ocupada en administrar esa salvajada que fue la justicia popular, renuncia a responsabilizarse de su infortunada sobrina. Con el tiempo Ida decide hacerse monja. La madre superiora, consciente tal vez de la trágica historia que la novicia hasta ese momento ignora, le anima a ir a ver a su tía y así al menos a que antes de pronunciar los votos conozca lo poco que queda de su familia. A regañadientes, como presintiendo que la verdad es un lugar del que no se vuelve indemne, Ida obedece. Y ahí comienza el relato de esta fascinante película. En el involuntario acceso de Ida a lo que alguien ha denominado la mayoría de edad. Es la búsqueda involuntaria y devastadora, a través del pasado familiar, de sí misma. La búsqueda de un secreto, de una cifra, de un nombre envuelto en una tremenda encrucijada histórica: no sólo en la Shoah sino, aún más al fondo, en el misterio del ciego enfrentamiento entre dos de las tres religiones monoteístas y en la relación nunca superada de procedencia (paternidad y filiación) entre una y otra. De nuevo la gran telemaquia de la que nunca saldremos. Dicen que en la vida de cada persona vuelve a acontecer la historia humana en su totalidad, y hasta la creación y la evolución cósmica de la que la interacción entre un cuerpo y un alma sería su más elocuente y accesible alegoría. Y así hasta la reconciliación o resumen final en la muerte (apocatástasis es la palabra griega que han usado los antiguos). Esto ocurre de una manera maravillosa en Ida. Al contemplarla surgen todas las preguntas que puede formularse cualquier ser humano. Yo no me olvidaré de la escena del desenterramiento de los cadáveres en el bosque. Ni de la imagen de Ida trazando de prisa y con vergüenza sobre su pecho la señal de la Cruz en el panteón familiar del cementerio judío de Lublin. Ni del rostro de la actriz en el plano final volviendo pero no para quedarse. Me parece especialmente revelador en esta cinta el papel que juega la música (de Bach a Coltrane, del pop italiano americanizante de los años 60 a las apesadumbradas notas de las más bellas sinfonías de Mozart).

5 Comments Ida

  1. francis black 30/04/2014 at 15:11

    Es muy buena la película, la escena que comentas del bosque es impresionante. La forma en que le va poniendo matices al personaje de la tía hasta el final es todo un logro. Gran película que explica muchas cosas en menos de noventa minutos.

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  2. francis black 30/04/2014 at 15:15

    El niño es el hijo de la tia, el primo de Ida.

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  3. Álvaro de la Rica 30/04/2014 at 18:46

    Seguro que tienes toda la razón; con los subtítulos se me despistó ese dato que explica también muchas cosas. Terrible película. Terrible realidad.

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  4. Álvaro de la Rica 22/08/2014 at 08:47

    gracias por su comentario; su entrada es excelente

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