Avance de No te vayas sin mí (2)

Segundo avance de No te vayas sin mí.

Jacob es invitado a pronunciar una conferencia en la Universidad de Harvard. De vuelta desde Cambridge, Masss. al centro de Boston entra en un anticuario y compra de regalo de aniversario para su mujer un escarabajo de azabache. Se hospeda en casa de un amigo. Por la noche extrañamente alguien rompe en dos la figura. Jacob vuelve a la tienda a reclamar y se encuentra con la menor de las hijas de su amigo, de la que se enamora.

Jacob viajó en tren de madrugada desde Penn Station, disfrutó de la vista del amanecer rosa sobre los pequeños puertos de la costa atlántica, llegó al campus donde debía pronunciar la conferencia, atendió cortésmente a las preguntas que le hicieron la media docena escasa de asistentes al acto y salió aliviado del recinto universitario. Jacob odiaba hablar en público y en el fondo no se sentía cómodo con los usos universitarios. No acababa de tomárselos en serio. Comió un sándwich en Harvard Square y decidió volver andando por la orilla del río Charles. Era un sábado, 4 de noviembre, y los chopos negros se desprendían de sus últimas hojas doradas y enrojecidas sobre ambas riberas. Caía una lluvia fina. Por primera vez en todo el día Jacob se sintió libre. Pensó en Agnes y en su hija con verdadero amor. Pronto celebrarían su primer aniversario de bodas. Sintió que algo poderoso le atraía hacia aquella ciudad universitaria en la que había estudiado diez años atrás. Su silencio, su humedad, todo se acompasaba a la perfección con su espíritu a la vez racional y mágico. Soñó con vivir allí en el futuro, educar con sencillez a su niña y pasar la vida leyendo en algún rincón de la más escondida de las bibliotecas. Mientras observaba el agua que corría hacia el mar, pensó que no anhelaba nada más que aturdirse en el estudio y contemplar a placer el transcurso del tiempo junto a los árboles, junto a los libros y junto a las dos mujeres a las que amaba. En plena ensoñación, le dieron las tres de la tarde. El rato había transcurrido lento, denso, minutos, siglos, una era solar había pasado por su mente. El futuro y el presente, la vida entera, con sus días grises, con sus lágrimas, con su sangre, con su imperfección. De repente sintió frío en el alma y en las puntas de los dedos de los pies. Sintió el vacío de los sueños. Como si detrás de cuanto le rodeaba (el río, las hojas caídas de los árboles, el musgo resbaladizo, la hiedra que lamía los edificios de las facultades y hasta las puntas de las rejas oxidadas de los parques por los que cruzaba) no hubiese nada de nada, ni siquiera el vacío. Cuando quiso darse cuenta había dejado atrás el

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jardín público y se encontraba muy cerca de Quincy Market. Se puso las gafas porque estaba oscureciendo y de repente, sin saber muy bien porqué, decidió entrar en una pequeña tienda de antigüedades que resaltaba en una esquina. Le había llamado la atención el nombre pintado en blanco en la gruesa viga de madera que hacía de jamba sobre la entrada: «El anticuario traicionado». «Resulta disuasorio», pensó. Pero el caso es que deseaba comprarle un regalo a su mujer y estaba dispuesto a gastarse los mil dólares que le habían pagado por la conferencia: quería agradecerle con un objeto todo lo que había recibido de ella durante el primer año. Entró, no saludó a nadie, pasó unos minutos revolviendo cuanto había sobre las mesas y enseguida encontró lo que buscaba: un escarabajo de azabache turco. Era de un negro ligeramente azulado, tenía más o menos el tamaño de un puño cerrado y costaba exactamente mil treinta dólares. Pensó que a Agnes le gustaría y no lo dudó. Sacó el dinero del sobre que llevaba en el bolsillo del abrigo, añadió los treinta restantes directamente de su cartera y pidió que por favor se lo envolvieran para regalo. Salió satisfecho de la tienda y buscó en el mapa la situación exacta de la casa de su amigo (Jacob viajaba siempre con mapas de papel por las ciudades por las que caminaba; subrayaba con un rotulador morado los trayectos realizados y después desplegaba los mapas sobre las paredes de su cuarto). Volvió una serie de cuadras sobre sus pasos, y encontró la dirección sin mayor dificultad. La casa era una mansión a un lado del Boston Common. Una casa de ladrillo color teja en Beacon Street, desde la que se veían los viejos olmos del parque y los destellos dorados de la cúpula de la State House.

(…)

Entró con decisión y fue atendido por una mujer joven a la que no había visto el día anterior y en la que creyó reconocer vagamente a alguien. Ella a su vez lo miraba como si también le conociese y le extrañase el modo impersonal en el que Jacob se le dirigía. Le explicó con claridad lo sucedido, cómo había comprado aquel regalo la tarde anterior y cómo se había partido en dos sin causa aparente. Sin duda había de tratarse de un fallo de la pieza. La mujer escuchó con atención el relato y para la sorpresa de Jacob no opuso la menor pega ofreciéndose a devolverle inmediatamente el dinero o si acaso aún lo deseaba a ayudarle a escoger algún otro objeto. Jacob se decantó por esta última opción y le pidió, ya que había sido tan amable con él, que le ayudara a escoger algo apropiado para un primer aniversario de bodas. Ella no le hizo preguntas y le fue mostrando las mejores piezas de las que disponían. Jacob permanecía callado, observando sus gestos y sus delicados movimientos. Era una mujer, más que guapa, perfecta. Le pareció que debía de ser francesa. Rezumaba una bondad sensual. Tenía una larga melena rubia recogida con seda dorada en varias coletas que se fundían en una sola. Extremadamente delgada, movía armoniosamente los brazos y las manos, inclinaba ligeramente el cuello. Era perfecta. Como una bailarina, pensó Jacob mientras calculaba que aún no habría cumplido los treinta. Aunque ella se daba cuenta de que ninguno de los regalos que le había mostrado le satisfacían, y de que su cliente estaba más pendiente de ella que de cuanto le estaba mostrando, no daba el menor signo de impaciencia. De repente la mujer le llamó por su nombre (¿cómo lo habría podido adivinar?) y le dijo que sabía lo que quería y lo que había venido a buscar. Con una familiaridad que a Jacob no le molestó, le cogió suavemente de la mano y le llevó a la trastienda. Iba delante de él. Salieron del edificio por una puerta lateral. Ella se volvió hacia Jacob, le miró directamente a los ojos y le pidió que por favor le siguiera. Sin preguntar. Jacob alucinaba pero el hecho es que decidió caminar confiado detrás de ese ser maravillosamente extraño. Ella se volvía de vez en cuando y le sonreía. Él no podía apartar la vista del hilo de oro de su cabellera. Jacob pudo observar que tenía una figura esbelta y una cabeza ligeramente grande, como si en ella cupiera un amor inmenso o un sinfín de pensamientos y de cosas. En realidad no podía explicarse porqué estaba dispuesto a seguirla. Se encaminaban hacia el Boston Common, pero ¿adónde iban exactamente? Le pareció que se dirigía a la Laguna de las Ranas pero no estaba seguro y se había comprometido a no hacer preguntas. ¿Qué era lo que quería mostrarle allí? Sin comprender nada de nada, Jacob se dejaba conducir por aquel ser arcangélico. Y lo que le parecía más increíble era que se sentía reconfortado y seguro. A punto de llegar al borde de la Laguna, ella le cogió de nuevo de la mano y le introdujo en el pabellón de los patinadores.

(La foto fue tomada por mi amiga y colaboradora Ingrid Ribas)

5 Comments Avance de No te vayas sin mí (2)

  1. Marta 09/03/2014 at 12:16

    De nuevo ese delicioso misterio …
    Gracias por compartir. Me encantan frases como: “Él no podía apartar la vista del hilo de oro de su cabellera. Jacob pudo observar que tenía una figura esbelta y una cabeza ligeramente grande, como si en ella cupiera un amor inmenso o un sinfín de pensamientos y de cosas.”

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  2. Eleonora 11/03/2014 at 17:18

    Qué texto tan cautivante, Álvaro. Más que leerlo se vive completamente, como si una estuviese en la escena.

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  3. Álvaro de la Rica 12/03/2014 at 10:04

    Gracias querida amiga, ojalá que te guste el conjunto

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  4. María 12/03/2014 at 20:54

    Álvaro, me ha encantado. Vamos Boston en unos días

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  5. Álvaro de la Rica 13/03/2014 at 10:25

    ¡Qué suerte! Que disfrutéis

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