Blake, por Kathleen Raine

La lectura de este libro extraordinario (Kathleen Raine, Ocho ensayos sobre William Blakeme plantea un número considerable de cuestiones de método. La autora afirma al comienzo del mismo que alguien como Blake es de suyo refractario a un mundo académico como el actual (cf. pág. 12), que en ningún ámbito universitario del momento presente tendría cabida el estudio de su obra. Me pregunto si algo tan triste pudiera ser cierto. En todo caso, de serlo, la razón profunda no sería otra que la de la manía clasificatoria que invade la mayor parte de los campus de occidente (pecado capital que el propio Blake nunca se cansó de denostar). El problema insalvable para el sistema universitario sería, pues, el de clasificar la obra de Blake. De hecho, si atendemos a un estudio como el de la propia Raine, parecería que William Blake es ante todo un pensador religioso, un teólogo en el sentido que Borges dio a esta palabra en su inolvidable texto. Pero, ¿qué facultad de teología llegaría hoy a tomárselo en serio? Yo me pregunto si en realidad lo es, un teólogo, un cosmólogo, un pensador o un profeta, o todo ello a la vez bajo la figura de un poeta. Me pregunto, y más tras haber leído a Raine, si lo que tiene valor trascendente en su obra es el ‘sistema Blake’ o lo son sus versos, uno a uno, y en conjunto: el ritmo, la melodía, el acierto en la elección de las palabras, en la composición, su profundidad de pensamiento y la capacidad de relación, esa dimensión de una producción poética que está más cerca de lo que Gombrich ha denominado ‘lo primitivo’, en este caso no sólo en el arte sino en particular en las estructuras poéticas del lenguaje. Desde este punto de vista, a mi me hubiera gustado que los textos citados en el libro hubieran sido puestos en nota en su idioma original. Tampoco estoy diciendo, ni mucho menos, que el acierto verbal de un poeta (y Blake ha sido y será uno de los más grandes) y el sistema de símbolos que despliega en su obra (aquello en lo que Raine se concentra) tengan porque estar en ninguna forma de contradicción. Lo que intento barruntar es porqué la literatura, la poesía, y el mismo mundo de la edición con ejemplos como éste, se han convertido en el último reducto de libertad intelectual que queda en el mundo occidental. Las universidades han renegado de ello. Cada vez estoy más convencido de que sólo nos queda la poesía.

Escriba su comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Website Protected by Spam Master