París, encore

Hoy pensaba que una ciudad como París es acaso la que cuenta con una calle más increíblemente maravillosa. Y la calle ya se sabe que es de todos. Está llena de rincones como el de la foto en el que cualquiera que pase por allí se puede sentir realmente alguien especial, alguien singular y único, se puede sentir uno mismo en definitiva (atención al rótulo del toldo, no me digáis que no es genial). Llegas allí, te sientas, pides un café y te tiras toda la tarde sintiéndote como un príncipe, que en definitiva es lo que eres. El problema es que nos olvidamos de ver lo que tenemos delante, al alcance de la mano. Hay muchos otros lugares que nos pueden hacer sentir así (ésta es en muy buena medida la razón de ser de este mísero blog: que cada uno se sienta como un rey de su propio reino). Y hay muchas otras cosas variadas que son casi casi gratuitas en la era-internet: leer despacio un poema de Saint-John Perse, escuchar un madrigal de Marenzio o preparar una cena cuidada con velas para alguien a quien de verdad amamos  y deseamos (todos sabemos que existe una relación de contigüidad física entre la mesa y la cama) está a disposición de casi todos nosotros. Me gustaría hacer un catálogo de las riquezas que están a nuestro alcance. Y no se me ocurre ningún sitio mejor para llevar a cabo ese inventario de ideas que la calle de París recorrida al más puro azar para sentirse not on the top but on the center of the world, of our own world.

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