Notas para un diario 249

Ayer, mientras recorría los escasos trescientos metros entre la biblioteca en la que trabajo y la casa que habito, descendía por una pequeña cuesta contemplando el bosque. Un aura fuerte movía las copas de los pinos, y removía la pinaza, las ramitas de boj, las hojas muertas de los olivos y los granos de lavanda. Los pájaros permanecen aún callados. Había humedad en el aire a pesar de que la lluvia no llegaba a asomarse, se ha echo esperar hasta la mañana. Los colores se intensificaban a esa hora de la tarde. Los verdes, los jaspes y los platas. Recordaba ese verso deslumbrante de René Char: Pour qu´un forêt soit superbe/Il lui faut l´âge et l´infini. El bosque mediterráneo (tan distinto de los hayedos por los que llevo décadas paseando) es el bosque de mi adolescencia. Justamente al bajar por la cuesta, gracias al olor, a los colores, a la brisa, al agua, sentí una de esas impresiones fuertes, que surgen del pasado pero se proyectan directas al porvenir. Recordé el aire de nostalgia que nuestro lugar de veraneo familiar en la Costa Brava adquiría cuando, por alguna razón puntual, lo visitábamos en los meses del invierno. Había algo dulce en aquella soledad. Algo que me fue dado revivir ayer en un breve instante mágico.

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