Fin de año

He elegido bien. Había reservado para estas últimas horas del año una lectura muy especial. Un pequeño gran libro titulado Decir noche. Lo ha escrito Elisa Rodríguez-Court. Lo tengo encima de mi mesa desde hace varios meses, pero sabía que llegaría un momento en el que su lectura se me impondría. Así ocurre con los libros cuando están vivos. Así ha ocurrido en este caso y de qué forma más intensa. He elegido bien.

No lo he terminado aún. Estoy demorando mi lectura. Cada capítulo (son breves), cada párrafo, cada frase y casi cada palabra me sugiere con una delicadeza de otro tiempo mil cosas y me abre a un diálogo interminable. «Decir noche, pienso, y cierro los ojos. Me los cubro con una mano. Así, añadiendo oscuridad a la oscuridad, me adentro en un espacio más allá de lo visible.» Son las primeras palabras del libro, y cuando las lees todo alrededor cambia. Añadir oscuridad a la oscuridad. Para llegar a lo que no sabes tienes que ir por donde no sabes. La lógica nocturna de este libro me resulta acogedora y familiar.

Podría decir que es un libro místico y no me equivocaría, pero lo importante es explicar bien porqué lo es. Yo recuerdo una definición de la oración que me ha resultado válida. La oración es un viaje divino. Lo dice Teresa en Camino de perfección a la altura del capítulo 21, creo; cito de memoria porque soy un falso erudito y a la vez un erudito falso. Pero voy tirando. ¿En qué consiste ese viaje que hace que algunas personas, sin moverse del umbral de la puerta de su casa, sean los verdaderos nómadas del siglo XXI? ¿Hacia dónde viajan? ¿Qué puertas, de la ley o del corazón, están constantemente franqueando? Son las puertas y ventanas del que busca lo que no conoce. Nadie puede buscar algo si no fuera porque lo ha perdido. No se puede buscar algo si no se sabe qué se busca y se intuye de algún modo lo que se va a encontrar. Ahí está la mística, la oscuridad griega: hay quienes, como Elisa y como tú, buscan justamente aquello que desconocen de forma absoluta y radical. Y yo me conformaría con, como el perro se alimenta de las migajas que caen de la mesa del dueño, con apostarme en ese umbral, a su sombra.

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