Balances de fin de año

Quería compartir con los lectores de Hobby Horse la crónica que bajo ese título ha escrito mi amigo el escritor chileno Carlos Franz. A mí me ha dado mucho que pensar.

Durante mi adolescencia solía hacer balances de fin de año. Recuerdo un fin de año en especial, a mis dieciséis, o sea en 1975. Eran noches de toques de queda, durante la dictadura, y no había a donde salir. Así que pasados los rituales de la medianoche, el himno nacional escuchado en la radio, y los abrazos llorados de los mayores, queriendo estar solo salí al jardín y me puse a hacer balance. Ese año terminé el colegio y era una ocasión especial para hacerlo. Sentado en una silla de playa, en la oscuridad frondosa de ese pequeño antejardín, revisé lo que me había propuesto para el año que se iba. Y preparé un minucioso plan para el lapso que vendría.

Admito que fui un niño muy serio y agrandado. Desde temprano empecé a pedirme cosas a mí mismo, en lugar de hacerlo a mis padres o a los demás. Por lo mismo, ese fin de año me ocurrió, por primera vez, lo que más tarde me pasaría a menudo: las cuentas no me cuadraban. Inevitablemente me debía mucho más de lo que tenía. El déficit de mis realidades, comparadas con mis ilusiones, era enorme.

Por ejemplo, la literatura me parecía inalcanzable. Ya a los dieciséis quería ser escritor. Esa madrugada de un primero de enero me encontré comprobando que había pasado un año más sin alcanzar mis ideales: el cuento redondo, el poema profundo, que me había jurado escribir, al hacer el plan del año anterior, seguían pendientes. Los borradores que había acumulado con esfuerzo se revelaban, a fines de diciembre, en toda su pobre limitación de aprendizajes.

Sobre el amor, para qué les cuento. Esa misma condición de muchacho serio me hacía impopular entre las jovencitas que preferían a los galanes sonrientes antes que a un proyecto de poeta atormentado, como yo. (Para colmo, después me vine a enterar de que las adultas y maduras también los prefieren livianos, antes que “densos”).

A cambio de esa contabilidad deficitaria, que cada 31 de diciembre me frustraba, mi presupuesto para el siguiente ejercicio no podía ser más auspicioso. No me refiero sólo a mis propósitos de enmienda. También hablo de la juvenil confianza con la que me juraba que el próximo año conseguiría lo que no había logrado el anterior. No importaba cuán grande fuera el déficit pasado, una seguridad en mí mismo que no había sido puesta a prueba por la vida, me decía que al año siguiente conseguiría lo que ansiaba. Tal vez en esto consiste ser adolescente: cuando los sueños son inmunes a las frustraciones.

Mis sueños, que eran de una ambición loca, me parecían simples y alcanzables. Maravillosa ingenuidad. Sería famoso y amado. O lo que es semejante: sería querido por mucha gente y amado por una mujer en especial (estoy viendo sus ojos grises). Una muchacha a la cual mis poemas habrían conquistado. Ya dije que fui un joven muy serio y hasta hondo, lo cual es otra forma de decir que fui romántico (suena tan del siglo pasado y hasta antepasado; ¿quedará gente así?).

 No conquisté a esa muchacha. No escribí aquel gran poema. He escrito otras cosas. Conquisté a otras mujeres. He amado y he sido querido. He escrito y, a pesar de una fuerte autocrítica, en la que persisto, no me avergüenzo de lo que he publicado. Lo que he logrado no tiene el fulgor de aquellos sueños adolescentes. Pero tiene el mérito de lo arduo y lo real, de lo conseguido con esfuerzo.

Ahora evito sacarle cuentas a la vida. Aquel balance y aquel presupuesto, aquellas columnas de debe y haber, han sido reemplazados por una comprensión del mundo menos exigente. Es extraño que tengamos que llegar a una edad cuando ya nos queda menos por vivir, para entender que el tiempo mismo es flexible, elástico.

Cosas que serán eternas ocurren en un segundo; otras que parecen eternas se desvanecen en un instante. Lo más deseado ocurre de repente, a veces cuando ya no se lo esperaba. O no termina de llegar nunca por mucho que lo preparemos. Alterando todas nuestras determinaciones, razones y deseos está el azar. El destino imprevisible, imposible de anunciar, difícil de narrar.

Mucho más importante que contabilizar los deberes y los haberes humanos, mucho más esencial que medir la distancia recorrida y cuánto nos queda, es saber hacer un relato del camino. Llega un momento cuando poder contar nuestra experiencia, el mero hecho de poder relatarla inteligiblemente para nosotros y los otros, se vuelve más importante que los fallos y aciertos que podamos reprocharnos o anotarnos.

Hace casi cuarenta años, a mis dieciséis, me senté en una silla de playa, en el jardín de mi casa, para hacer balance del año pasado y proyectar el porvenir. Desde entonces, los muchos años nuevos, que se convirtieron tan rápidamente en años viejos, me han enseñado esto: saber contar la vida es más importante que contabilizar los años.

2 Comments Balances de fin de año

  1. Magdalena Merlos 29/12/2012 at 22:29

    Me resulta sorprente y familiar… Mis balances forman parte de la Navidad desde niña, jugando a esa teoría de que sntes de la muerte pasa toda la vida en un instante por la mente y el corazón. Ahora, mayor, asusta más el ejercicio. Feliz año, pese a balances y en pro de previsiones. Felicita a tu artista amigo.

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  2. Álvaro de la Rica 01/01/2013 at 09:51

    Lo mismo te deseo a ti Magdalena. Hablamos.

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