Jorge Eduardo Benavides

Con frecuencia los historiadores y críticos, los apasionados de la clasificación, quienes parten de lo dado, estrategia inútil a la hora de enfrentarse con la literatura de verdad, han encorsetado la obra de Jorge Eduardo Benavides (Lima, 1964) en los estrechos límites del realismo, en el ámbito de la generación de narradores de entresiglos, la que seguiría de manera más o menos epigonal la estela de los Vargas Llosa y los Ribeyro. Y no es que la prosa de Benavides no se haya conformado remotamente en el estudio de esos autores, pero no sólo ni exclusivamente.
En su último libro, Viaje de vuelta y otros cuentos escogidos (Albatros, 2012), me ha llamado la atención un guiño que quizás sorprenda al propio escritor, pero que a mí me parece más que notable, sobresaliente. Me refiero al hecho fabuloso de que el último cuento, titulado El Ulysses de Joyce, sí, con doble ese e y griega, y que se refiere por tanto inequívocamente a la magna obra del autor irlandés, contenga la historia de un escribiente, Noriega, otro Bartleby que haría las delicias de autores como Enrique Vila-Matas o Agamben, pero que en realidad el genio del ilustre ciego se halle escondido en el cuento inmediatamente precedente, es decir en La noche de Morgana. ¿Ha sido consciente de esto el autor? Importa poco, pero animo al lector a pasearse por esa noche en la que apenas al final asoma por un instante incierto la claridad del cielo limeño, y comprobará con auténtico placer estético que el autor ha dialogado en el sentido más fecundo de este término con el monólogo interior que cierra y que abre el Ulysses de Joyce. Con perdón, pero ¿a quién le importa si esa fascinante hada Morgana pasea por una Lima en estado de preguerra civil, si lo hace en Tebas la de las siete puertas o, como de hecho ocurre en buena medida, por los laberintos de la noche oscura de su propia alma, de sus miedos, de sus deseos y de las presencias que le persiguen.
La noche de Morgana merece figurar en cualquier antología del relato peruano, hispano o universal. Como todas las grandes creaciones parte más de una imagen que de una anécdota. Hay que haberla sentido, antes durante y después del acto mismo de escribirla para reflejar la riqueza de vida hacia dentro y hacia afuera que desborda un texto como éste. Texto y subtexto, libro escrito y libro no escrito, sugerido, texto abierto a mil intertextualidades (de La cenicienta que pierde un zapato a Los Muertos del propio Joyce en que la noche cae sobre vivos y muertos no sólo por la dimensión trascendente sino, antes que nada, por medio de la política, de la polis), que no hubiera sido posible si el autor no conociera como pocos la multiplicidad de las técnicas narrativas, las posibilidades inmensas de la combinación del estilo indirecto libre con la técnica del narrador onmisciente. ¿Lo aprendió en Vargas Llosa? Tal vez. Y éste lo aprendió en Virginia Woolf y en Flaubert, y éstos en Hardy, en Sterne y en Cervantes, y así podríamos seguir hasta las auroras de dedos de rosa que despuntan en los amaneceres y las playas de Homero.
La prosa de Benavides es un canto hondo a la literatura que tiene como única patria la belleza.

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