Elogio de la superficialidad

Ignoro si acierta o no Cristina Campo cuando afirma que ” todo error humano, poético y espiritual, no es, en esencia, sino desatención”. Atención para poder unir, componer, ligar una cosa con la siguiente. No pienso que sea nada más, ni menos, la virtud humana de la religión (palabra que, como todo el mundo sabe, significa etimológicamente unión). Pero me interesa mucho menos la cuestión de la mediación que todo eso comporta (el poeta como mediador, el justo como mediador) que la dimensión de observador que cualquier atención requiere. “Justicia, ojo de oro, mira”. Mirar para ver. Escuchar para oír. Elevarse para mirar o rebajarse para percibir lo que tenemos delante. ¿Y qué es a lo que podemos atender sino es a la superficie de las cosas? No sólo de las cosas físicas (algo más propio de los pintores) sino también de las acciones de los hombres.  No obstante, con todo, por mucha atención que prestemos sólo nos movemos en el plano de la superficie. Cada vez estoy más convencido de que querer ir más allá, además de inútil, es completamente irracional e inhumano. Por eso son tan importantes en la vida la forma, la apariencia y el estilo. Es lo que hay. Sólo tenemos eso. La superficie.

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