Nikolái Gumiliov, por fin

Cuánto me alegra que por fin se haya editado en castellano, y muy bien editado, una amplia antología de la poesía de Nikolái Gumiliov (El tranvía extraviado, Linteo Poesía, 2012). Gumiliov fue el padre del acmeismo, también denominado adanismo, un movimiento de la poesía rusa de las primeras décadas del siglo XX que nos ha dado poetas de la categoría de Mandelstam, de Ajmátova, de Blok o, porqué no, del propio Josef Brodsky (a mí no cabe duda de que fue un epígono de esta pléyade, pero ¡qué epígono!). Frente a los simbolistas y futuristas de entonces, los acmeistas, impulsados por Gumiliov, pretendieron recuperar en su propia creación las fuentes primeras (en un sentido cronológico y también en un sentido de jerarquía poética) de la poesía universal. Les interesaba toda la tradición viva. Gumiliov por ejemplo tradujo el Gilgamesh, entre otras cumbres poéticas. Acmé en griego significa altura y esplendor, claridad, luz; es una palabra próxima al origen de la palabra caridad, xáritas, que significa algo así como cabalgata de luz, estruendo luminoso. A Gumiliov lo fusilaron los soviets y después lo silenciaron durante sesenta años, prohibiendo la edición de su obra (¡ojo! nostálgicos del glorioso comunismo y de su difusión de la cultura de la muerte). Sus amigos, sus colegas de profesión, y los descendientes de éstos y aquellos lo han devuelto a su lugar propio: en el centro mismo del torbellino poético que nunca se detendrá, pese a quien pese.

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