¿Filosofía sentimental?

El ensayo es de por sí un género proteico: admite y hasta reclama mil variaciones, una constante experimentación con las formas de religar las ideas, los recuerdos, los sentimientos. Schiffter (Filosofía sentimental, 2012, 451 documentos) ha comprendido esto a la perfección, en parte por una propensión natural, en parte debido a las lecturas y afinidades elegidas a lo largo de una vida mucho más activa (al menos intelectualmente hablando) de lo que él está dispuesto a hacernos creer.

No sé si para darnos envidia, se presenta a sí mismo como un holgazán que no hace más que leer lo que se le antoja, dormir plácidas siestas y dar paseos por un Biarritz particular, convertido poco más o menos que en parte de la negra provincia flaubertiana. En el perfil de su blog se define a sí mismo como un “nihiliste balnéaire”. Incluso llega a afirmar, para pasmo de cualquier lector mínimamente instruido, que no se prepara nunca las clases de filosofía que imparte en un instituto de la villa vasca. No me lo creo: ¿o es que todas esas lecturas, sobradamente asimiladas, no son ya una preparación próxima y remota, para afrontar una clase de filosofía?

A mí me parece que, a pesar de la imagen de sí mismo que dibuja, anclada en el trauma de la pérdida del padre a los nueve años, y la consiguiente incapacidad para dotar de sentido alguno al mundo, lo que el llama a-cosmismo, o sea la imposibilidad de hacerse con algo que se pueda parecer a eso que llamamos un mundo propio ordenado siquiera a la manera de uno, Schiffter, que no me parece nada nada sentimental (salvo, acaso, en asuntos amorosos), tiene un talento extraordinariamente dotado para 1. explicar las cosas, las posturas de otros (especialmente las que admira; pasaré de largo por su lectura, a todas luces injusta, de Derrida), 2. para ofrecerse a los demás de un modo auténtico mediante la escritura, 3. para poner al servicio de los demás sus lecturas, los desarrollos brillantes a los que una simple frase le conduce. Ojalá hubiera yo tenido un profesor tan abierto, claro y honesto intelectualmente como él.

He disfrutado de lo lindo con la lectura de Filosofía sentimental, que no es, lo recuerdo, casi nada sentimental. Su capítulo sobre Montaigne me parece digo de figurar en la mejor antología de lecturas ejemplares que quepa realizar. Una delicia de libro.

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