Notas para un diario 232

Me resulta emocionante leer, al comienzo de Guerra del 15 de Giani Stuparich (Minúscula, 2012) que los soldados italianos cargaban con libros las mochilas antes de partir al frente. ¿A dónde creían que iban? ¿De excursión boy scout? Iban al infierno, pero hasta ese espacio es más llevadero con libros. Poco más adelante, tras días enteros y semanas de marchas extenuantes bajo la lluvia, cuando debían ir dejándolo todo por el camino que lleva hacia una muerte a la que había que enfrentarse desnudo, sin nada, ascéticamente, lo que más les costaba soltar era el bendito lastre de los libros. Se les formaban llagas en los hombros de tanta carga pero resistían cuanto podían y se aferraban a esos amigos silenciosos como si se tratara de un auténtico viático. Es emocionante todo lo que se refiere a los libros, al menos para alguien como yo. Hace poco hablaba con una amiga francesa de la biblioteca de uno, de si se puede o se debe entrar físicamente en la biblioteca de un amigo. Pienso más bien que no. Si no le conocemos, no tiene mucho sentido; si le conocemos, admiramos, queremos, el sacrosanto respeto a la intimidad nos lo impide. Sólo cabe “hacer una biblioteca” con alguien a quien de verdad deseamos, como hacemos con el amor. Entonces sí, ahí la desnudez debe ser tan total como en la cama, pero sólo entonces. Cada vez veo más clara la conexión éros-libros-muerte.

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