Los Stuparich

Acabo de leer con la misma pasión de siempre a Giani Stuparich, en este caso su diario de la guerra del verano de 1915 (Minúscula, 2012). Arranca a primeros de junio (Giani, su hermano Carlo y el escritor Scipio Slataper se habían alistado pocos días atrás en Roma) y termina a comienzos del mes de agosto de ese mismo año. Es un relato sobrio, soprendentemente pormenorizado. Sólo cabe pensar que Giani llevaba lápiz y cuaderno en mano, y como una cura diaria frente al horror de la guerra, anotaba fidelísimamente cada paso, cada gesto, cada moción interior. Atrás quedaba su Trieste querida, familiar, italiana, atrás quedaba Florencia, sus estudios sobre Maquiavelo, su grupo triestino, las tertulias en la Giubbe rosse, todo ese mundo que no se perderá, gracias a su inmenso y a la vez humilde talento literario.Giani tenía veinticuatro años en el verano de 1915, tres más que su hermano Carlo y tres menos que Scipio. Éste último se separa de ellos al poco de enrolarse, por razones circunstanciales, y caerá herido pronto. Carlo en cambio lo acompaña de cerca en esos primeros compases de la guerra, es su sombra, se cuidan mutuamente y se atienden con un amor fraterno raro por lo delicado e intenso, pero más tarde morirá trágica y heroicamente en la toma del Monte Cegnio, no lejos de la Rocca, cerca de la ciudad de Vicenza, a finales del mes de mayo del año siguiente. El libro en buena medida es un homenaje a ese hombre recto que fue Carlo Stuparich, homenaje indirecto como es propio de alguien tan refinado literariamente como Giani, pero por eso mismo más lúcido, objetivo y perenne. No me olvido de un detalle, contado de paso hacia el final del libro: Carlo recoge unas postales y una cartera de un muerto (con una libra y media) y no descansa hasta ponerla en manos de los oficiales.Stuparich publica en una advertencia inicial lo que sin duda constituye el pacto de lectura de este libro/documento. Se trata, nos dice, de las notas tal cual fueron tomadas. Sin apenas alteraciones cuando, quince años más tarde, se retoman para ser publicadas. Conociendo un poco la evolución estilística del grandísimo escritor triestino que fue Giani Stuparich, salta a la vista el trabajo de toda una vida para liberar su prosa de un cierto, vamos a llamarlo así, literarismo. Guerra del 15 lo escribe Stuparich con poco más de veinte años. Y todavía usa palabras un tanto rebuscadas, “literarias”, de escuela estilística. El traductor Miguel Izquierdo ha realizado un trabajo difícil para mantener ese tono anacrónico, en su justa medida. Palabras y giros decimonónicos que, por otra parte, no vienen mal en un relato de guerra porque lo templan.Dicho esto, qué tesoros contiene un libro así. “Morir no es más que dar un paso… me duermo, dice hacia el final, necesitado de un consuelo que no puedo pedir a los hombres ni sé implorar a Dios”. Lo adoptaría como lema para mi muerte. Unamuno en estado puro. Es un época tan brutal en lo político como esplendorosa en lo artístico y en lo filosófico. Me fascina Stuparich: su sensibilidad, su mirada transparente, el amor no excluyente a lo propio, la apertura fundamental al otro. Es la gran literatura europea la que nos llega de su mano.

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